Viernes 15/12/2017. Actualizado 13:13h

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Mamá, ¿por qué papá es maquinista?

La frase es inventada pero no me extrañaría nada que fuera real. Hoy, en España, la profesión de maquinista de tren está en completo descrédito. Asumo que parte de culpa la tenemos los periodistas: no escurro el bulto. Pero también es fruto de esa ‘mentalidad procesal’ que tanto se ha fomentado.

Obedece a algo muy comprensible: en esta sociedad del bienestar, donde la prioridad exclusiva es la obtención de una vida placentera, cualquier vestigio de fragilidad, inseguridad o descontrol nos aterra. Y exigimos responsabilidades: que alguien pague y se ponga fin a las dudas.

Se descarrila un tren en Santiago (o se despeña un autobús en Italia) y la tragedia nos golpea en lo más profundo. Es lógico. Lo sentimos por las víctimas, faltaría más, pero también lo sentimos por nosotros mismos: nos recuerda lo vulnerables que somos, lo precario de nuestra existencia.

Eso para algunos es intolerable y por eso asignan al Estado un papel fundamentalmente protector. Su prioridad debe ser la defensa del plácido acontecer de cada individuo. Si algo nos sobresalta, nos rebelamos contra ello. Exigimos que alguien dé satisfacción por nuestro padecimiento. Exigimos reparación. Alguien debe pagar.

Que quede claro. Si ha habido negligencia en la conducción del tren descarrilado, que se depuren las responsabilidades que correspondan. Si Renfe o Adif deben cambiar la señalización o el sistema de control de velocidad porque son deficientes, adelante.

Pero no hay que olvidar que, irremediablemente, los cuerpos enferman, los seres humanos se equivocan, los fanáticos existen, las manzanas se pudren y los planes se tuercen.

Quizás nuestra frustración provenga de que, tan empeñados como estamos en sortear nuestra suerte, cada vez quedamos más incapacitamos para afrontar los contratiempos.

Hemos perdido el umbral de dolor con el que vivieron nuestros padres. Otra forma lamentable de alejarnos de la felicidad.

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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