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Prohibido hablar de Dios en el consejo de ministros

El ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, ha cometido un grave error. El pasado jueves se mostró convencido en público de que Santa Teresa de Jesús estará actuando como “intercesora” de España “en estos tiempos recios” que está atravesando el país. Eso no se hace: mencionar a Dios públicamente o a alguno de sus santos es anatema.

El ministro no habló en el Parlamento, ni en sede ministerial, ni siquiera en las dependencias del Partido Popular en Madrid. Fernández Díaz pronunció estas palabras , durante el acto de presentación  de ‘Huellas de Santa Teresa’ en FITUR, un proyecto que en 2015 conmemorará el V Centenario del nacimiento de la mística.

Pero da igual. La cita ha provocado un revuelo considerable: mensajes de indignación, fotomontajes cargados de acidez y críticas de diverso tipo. Vean un ejemplo, que circuló este viernes por Internet con el lema “Foto de la rueda de prensa tras el consejo de ministros. Comparecen Soraya, Teresa y Rocío”:
 



¿Por qué toda esta agitación? ¿Por qué tanto mosqueo? Porque hay quien considera que está prohibido hablar de Dios en público.

En el fondo, subsiste la convicción de que creer en un Ser superior es antediluviano. La Ilustración predijo que el progreso acabaría con la idea de Dios. La ciencia erradicaría esa molesta enfermedad llamada religión como sucedió con el sarampión, la escarlatina y la rubeola.

La sociedad moderna debía acabar siendo, felizmente, el paraíso de la secularización. Allí donde hubiera libertad, democracia, ciencia, razón y bienestar, debía retroceder la fe. Las creencias religiosas serían superadas pues no son –proclamaban- sino una muestra de ignorancia y fanatismo, opuestas al progreso.

Sin embargo, va a ser que no. Resulta que el país más moderno del mundo, Estados Unidos, sólo contabiliza un 6% de ateos (frente al 25% que se declaran en Europa). ¿Qué sucede en América y qué sucede con Europa?

Esta fue precisamente la pregunta que llevó al director de The Economist, John Micklethwait, a estudiar este fenómeno junto a su editor en Estados Unidos, Adrian Wooldridge. Los dos se declaran “equidistantes” a la cuestión, nadie los podrá acusar de “meapilas”, de partidistas. Y sin embargo, tras analizar movimientos, tablas y cifras, publicaron en 2009 el libro “God is back” (Dios ha vuelto).

La tesis principal de Micklethwait y Wooldridge es que el mundo se mueve hacia el modelo estadounidense de modernidad, donde ésta coexiste felizmente con la religión, y no hacia la versión europea, donde la secularización margina la vida religiosa.

Por eso, Obama habla de Dios en público sin rubor (hace unos días se le escuchó aquel: “Que Dios bendiga el alma de Nelson Mandela, que Dios bendiga a África”). Por eso, Bill Clinton citaba en sus discursos a Dios al menos cinco veces al año, superando en este apartado al mismísimo George W. Bush.

Sin complejos, sin que se montara un pollo en las redes sociales, sin escuchar voces insistentes para que se lo hicieran mirar.

Según ha constatado John Micklethwait, el auge del sentimiento religioso es un fenómeno mundial. En los países en desarrollo, Dios está en todas partes. China va camino de convertirse en el país cristiano más grande del mundo: allí se están creando casas-iglesias por todas partes y hay más personas que van todos los domingos a misa que miembros del Partido Comunista.

También se percibe un renacimiento religioso en Latinoamérica –advierten-, un continente tradicionalmente católico en el que en los últimos años se ha incrementado el número de sectas evangélicas. De pronto hay competencia entre las iglesias.

En Europa, de una u otra forma, también es posible decir que “Dios ha vuelto”, advierten los autores. Basta con echar un vistazo a algunas de las controversias que han salpicado los últimos años: desde el asunto del hiyab en los centros de enseñanza al debate sobre el ingreso de Turquía en la Unión Europea o la inclusión de las raíces cristianas del continente en la Constitución Europea. También hay un auge de las peregrinaciones, en las cifras de confirmaciones de personas adultas en la Iglesia católica y en el auge de las sectas pentecostales en lugares como Francia.

Sea de ello lo que fuere, la conclusión a la que llegan los profesionales de The Economist es que la verdadera modernidad no ha traído un mundo sin Dios sino un mundo lleno de pluralismo, en el que las ideas y las religiones compiten en un mercado abierto y unas con otras.

¿No será que lo que falta precisamente en nuestro país es algo más de pluralismo y tolerancia?

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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