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A Rajoy le vuelve a funcionar el pudridero

Llegó a La Moncloa en 2011 sin tirones ni demarrajes, casi sin levantarse de la bici. No es que no le hiciera falta. Es que a Rajoy le van más las batallas de desgaste y no tanto las arrancadas fulgurantes o las demostraciones de fuerza. Zapatero se coció en su propia salsa mientras Rajoy evitaba el choque de trenes en múltiples frentes.

Su plan consistió fundamentalmente en no pisar callos, evitar riesgos, exabruptos, escandaleras, ajusticiamientos públicos. Aunque algunos le colgaron entonces el sobrenombre de ‘maricomplejines’ –precisamente por esa forma suya de afrontar los dilemas sin aspavientos- le fue bien tras esos años de dura oposición.

Después hubo de afrontar el origen del caso Bárcenas, cuando estalló todo. ¿Cómo lo hizo? Se quitó de en medio al ex tesorero por lenta asfixia. Obvió los consejos de quien le reclamó que tomara de inmediato cartas en el asunto, en cuanto saltó el escándalo, y de forma ejemplar. No lo hizo. Dejó pudrirse el tema. Y al final, el interesado dobló la cerviz y se marchó.

Actuó igual en Valencia. Estalló el caso Camps y hubo quien le advirtió de que aquello era una bomba de relojería en potencia. Rajoy no lo entendió así. Contemporizó, evitó dar un puñetazo en la mesa y las cosas fueron cuadrando. Ric Costa dio un paso atrás, Francisco Camps se marchó sin armar demasiado ruido, el caso de los trajes se archivó... Llegó la paz.

El enfrentamiento Ruiz Gallardón-Esperanza Aguirre en Madrid también amenazó durante años con llevarse por delante a Rajoy. Pero él, a lo suyo. Templó gaitas, movió sus fichas discretamente, sin apenas levantar la voz, y la presidenta terminó por marcharse... por su propio pie. Sigue dando pellizcos de vez en cuando, pero nada grave.

La estrategia no siempre ha funcionado. Falló en Asturias, por ejemplo. Rajoy afrontó la rebelión de Francisco Álvarez Cascos con el mismo lánguido talante de siempre. Evitando el enfrentamiento, sin poner toda la carne en el asador, sin discusiones acaloradas, retrasando al máximo la elección del líder del PP en el Principado...

Al final, la cuerda se rompió, Cascos tiró por la calle en medio, el Foro Asturias ganó pero perdió... y también perdió el PP. Ahora gobiernan los socialistas.

Con Luis Bárcenas, también ha habido grave contratiempo.  El presidente no se ha movido de su filosofía: evitar los focos, cualquier exposición gratuita, paciencia, perfil bajo, esperar que escampe. Pero el ex tesorero ha dado guerra abundante. Le obligó incluso a salir de la cueva y dar explicaciones en el Congreso. Ahí es nada para el gallego.

Ahora hay dos casos recientes para sumar al currículum del presidente. Jaime Mayor Oreja es uno de ellos. No era la apuesta de Rajoy para las Europeas de mayo pasado. Siguiendo estrictamente el manual no escrito de casa Rajoy, el líder del PP optó por esperar. Mandó mensajes, dejó caer insinuaciones, alargó lo máximo posible abordar la cuestión, evitó responder al interesado... y Mayor Oreja terminó tirando la toalla con cajas destempladas, aburrido y harto de tanta equidistancia. Objetivo conseguido.

El último ejemplo ha sido el de Ana Botella en Madrid. La alcaldesa no era la apuesta del PP para la capital, ni de lejos. Pero todos advertían el difícil ‘papelón’ que tenía por delante Rajoy a la hora de abordar este relevo. Pues va a ser que no. Botella ha decidido gentilmente echarse a un lado y ahorrarle el sofoco. Otra fortaleza conquistada sin disparar un sólo tiro. Por desistimiento.

El mérito hay que reconocérselo. El pudridero sigue demostrando ser una excelente estrategia para Rajoy.

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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