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Telediarios fecales

De un tiempo a esta parte coinciden las personas que se me acercan, en calidad de periodista en ejercicio, a preguntarme por los telediarios. Todos quieren saber lo que está pasando, si ha habido directrices concretas, porque cada vez –sostienen- abundan más los sucesos, las tragedias, los asesinatos, los accidentes, las ruinas, los desastres…

Tan es así, que un servidor –que no es un consumidor habitual del género- ha dedicado un poco de tiempo la semana pasada a repasar informativos de varias cadenas, emitidos en distintas franjas horarias. La conclusión que he sacado es clara: el grado de penetración de este tipo de noticias en las parrillas de los noticiarios es casi total en estos momentos.

La explicación a este fenómeno es muy simple: la audiencia.

Las grandes cadenas están sometidas a una brutal presión por liderar los rankings de televidentes. Estos se elaboran fundamentalmente con los datos recogidos por unos audímetros instalados en unos 5.000 hogares (a cambio de un suculento sobresueldo para esas familias). Se trata de un aparatito que monitoriza al segundo el uso que se hace de la televisión en esas casas.

Cada miembro de la familia tiene un mando distinto, individual, que debe utilizar. Por lo que se puede registrar el consumo también por edades. Los medidores están distribuidos por toda España, de forma compensada: los hay por igual en zonas rurales y urbanas, en casas de personas de alto, medio y bajo poder adquisitivo, con estudios y sin ellos, en viviendas de ancianos y jóvenes

Esos aparatos envían, en tiempo real, los datos que van registrando a una central de la empresa Kantar Media. Allí se procesan y se envían a quienes abonen un canon bastante considerable. Esos clientes pueden, como digo, testar al segundo el seguimiento de cada espacio televisivo. Fruto de estos gráficos, los telediarios se han llenado de sucesos y noticias escabrosas.

Porque eso vende. Y mucho. Las audiencias caen en picado con noticias de Cultura y suben exponencialmente con el morbo, lo tremendista, los escándalos y los dramas.

Se le puede pedir a los periodistas un poquito más de responsabilidad. Es cierto. Debemos ejercer de algún modo de cortafuegos entre el público y esa entente de conveniencia que forman los accionistas y las empresas publicitarias. Ambos se unen para llegar a más gente al menor coste. Bajo ese prisma, la ecuación es sencilla: el periodista es mejor cuanto más rentable sea, cuanto más dinero traiga a la compañía.

Convertir en atractivo lo interesante y útil es nuestro gran desafío. Lo más fácil y lucrativo es caer en el ‘infotainment’, que exige mucho menos talento. De eso no hay duda. Pero el resultado son estos telediarios fecales que nos avergüenzan.

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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