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Pero ahora que no nos espíen

Es matemático: cada atentado terrorista de cierta entidad va acompañado de un recorte en las libertades individuales. Es activado por esos Estados que, heridos en su dignidad, se sienten entonces legitimados para avanzar en esa dirección. Se trata de perseguir a los malos de forma más eficiente y ofrecer mayor seguridad.

El lado oscuro de esta estrategia salió a la luz en Estados Unidos tras el brutal ataque del 11-S. Sólo la filtración de un individuo llamado Edward Snowden permitió descubrir la magnitud del espionaje que los servicios de seguridad estaban llevando a cabo sobre todos los ciudadanos. Nacionales y extranjeros, Ángela Merkel incluida.

El ataque contra la revista satírica Charlie Hebdo y una tienda judía en París provocó a principios de este año un movimiento similar en la vecina Francia. François Hollande aprobó hace unos meses una ley de vigilancia con disposiciones bastante agresivas.

La ley francesa permite realizar escuchas telefónicas, leer e-mails privados, colocar micrófonos ocultos y captar conversaciones o mensajes de texto, y obliga a los operadores a entregar a los servicios de inteligencia los “metadatos” de las comunicaciones de sus clientes (origen, destino, fecha, hora… no el contenido) cuando se les pida.

No hace falta orden judicial. Una comisión especial de trece miembros, compuesta por jueces y parlamentarios, debe dar su visto bueno. Los criterios para permitir estas vigilancias son bastante vagos: combatir el terrorismo y la delincuencia organizada, defender la independencia nacional, proteger los intereses de la política exterior, prevenir “atentados contra la forma republicana de las instituciones”. 

En días como estos, en los que la población se siente vulnerable y frágil, los gobiernos suelen aprovechar para mirar en la misma dirección: hay que vigilar más, estar más atentos, adelantarnos, controlar de forma más exhaustiva. Nadie debe preocuparse si es inocente. Te espiaremos más, pero será por tu bien.

A mi este discurso no me convence. 

No es bueno para una sociedad la erosión de sus garantías constitucionales. No es bueno para una sociedad que la policía decida quién es bueno o malo y que lo haga de forma preventiva. No es bueno para una sociedad que sus ciudadanos pierdan la presunción de inocencia demasiado fácilmente. No es bueno para una sociedad que un gobierno dicte leyes en ‘caliente’, de forma impulsiva y actúe en secreto.

Las torturas de Guantánamo son un ejemplo del abominable callejón sin salida al que nos conducen este tipo de atajos.

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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