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En el altar de los votos, los clics y los dividendos

Acaba de morir Zygmunt Bauman, considerado uno de los sociólogos más leídos del momento. Hace casi un año cayó en mis manos uno de sus libros: “Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida”. Interesantísimo aunque un poco denso.

En esa obra alertaba Bauman del peligro de la inconsciencia actual, cuando nos enfrentamos a un mal que nos rodea, influye y transforma pero apenas se deja ver.

Somos inconscientes porque –decía Bauman- hasta ahora el sentido del mal (lo perjudicial, lo peligroso, lo rechazable o lo inmoral) se veía venir de frente, era fácilmente identificable.

Nadie tenía dudas de que la esclavitud, el genocidio, la guerra, la prostitución o el hambre eran plagas a abolir. Sin embargo, hoy en día no nos enfrentamos a monstruos tan fácilmente etiquetables, tan fácilmente distinguibles.

Vivimos en una “sociedad líquida”, explicaba Bauman, caracterizada por las relaciones cambiantes, parciales, fugaces, flexibles. En este contexto, el mal se ha transformado y se ha hecho menos sólido. Ha cobrado una apariencia más endeble.

Paradójicamente, este hecho, lejos de convertir el mal en algo más vulnerable lo ha transformado en algo más poderoso. Porque ahora se ha hecho invisible. Ha logrado que le prestemos menos atención. Por eso Bauman hablaba de una ceguera moral.

Entre las caracterizaciones de ese mal líquido que el sociólogo citaba estaban las siguientes: la insensibilidad al sufrimiento ajeno, la incapacidad para comprender, la banalización del drama, la globalización de la indiferencia, el individualismo… y el relativismo existencial.

Sí, la dichosa posverdad.

Es otra forma de explicar lo que nos pasa. Lo estamos viendo. Nos escandalizamos por la falta de amor hacia la verdad que demuestra nuestra sociedad, de esos políticos y ciudadanos encantados de moverse más por sentimientos, impulsos y sensaciones que por la realidad de las cosas.

Lo importante son los votos, los clics, los beneficios, los dividendos, la facturación… y en ese altar se inmolan los principios. Bauman tenía razón.

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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