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El banquero que contaba las liebres que morían en su campo de golf

Puestos a quedarme con una historia protagonizada por Emilio Botín, fallecido este miércoles en Madrid, me quedo con esta. Me la contó un directivo del Banco Santander hace ya algunos años y retrata estupendamente al personaje.

Todo comenzó en las instalaciones del flamante campo de golf que la entidad levantó hace diez años en su ciudad financiera de Boadilla del Monte (Madrid), una instalación deportiva de primer nivel, que figura entre los 100 mejores campos del mundo si no se contabilizan los de Estados Unidos.

El campo fue diseñado por el arquitecto norteamericano Rees Jones, con 18 hoyos, un par 72 de casi siete mil metros, que lo convierten en uno de los más largos del mundo. Tiene además sesenta y ocho bunkers y –lo que es más importante para esta historia- muchos lagos y rías distribuidos estratégicamente por el terreno para hacer más atractiva la práctica del golf.

Hace varios años, el presidente Botín llegó al campo y comenzó a ejercitarse como una jornada cualquiera. De repente, mientras se dirigía hacia uno de los hoyos, se percató de algo extraño: en uno de los lagos flotaba el cuerpo sin vida de una liebre ibérica. Se acercó para interesarse y comprobó que, efectivamente, se trataba de un ejemplar muerto.

Inmediatamente llamó a un empleado del campo. Le preguntó qué estaba pasando y si era muy frecuente que se produjeran estas muertes. La respuesta fue afirmativa. El guarda solía encontrarse escenas similares con cierta frecuencia.

Las liebres utilizaban habitualmente la vegetación del recinto para protegerse de los depredadores pero no tienen muy desarrollado el sentido de la vista. De ahí que, a veces, huyendo de sus perseguidores, acabaran dentro de los estanques del campo de golf. Al tratarse de lagos artificiales, los márgenes estaban cortados en vertical por lo que los animales no podían salir del agua y perecían ahogados.

Emilio Botín preguntó: “¿Y cuántas liebres mueren así cada semana?”. Entre dos y tres, fue la contestación que recibió.

Botín siguió caminando pero, al acabar el día, citó por sorpresa en su despacho a su equipo de colaboradores más cercano. Quería ver a los ejecutivos que llevan el día a día del banco. Cuando estaban todos dentro, el presidente salió por donde ninguno imaginaba: 

-- “¿Sabéis cuántas liebres mueren a la semana en nuestro campo de golf?”.

La sorpresa fue mayúscula. Nadie estaba preparado para esa pregunta. El asombro dio paso a un incómodo silencio que nadie pudo romper. El presidente dio el dato, relató lo que le acababa de pasar y a continuación, planteó una tormenta de ideas para solucionar el problema.

Él mismo soltó la primera propuesta: colocar vallas metálicas alrededor de los lagos para que no se cayeran las liebres. Se debatió a fondo, pero la solución fue rechazada: resultaba una solución excesivamente ‘agresiva’ con el medioambiente. La decisión que finalmente se adoptó fue construir en las orillas de los lagos algunos terraplenes que facilitaran la salida de los animales.

A la salida de la reunión, un directivo se atrevió a explicar la salida que acababa de tener el jefe:

-- “No nos ha reunido por su interés por el medioambiente, el respeto del entorno natural o las especies en peligro de extinción. Botín ha querido dejarnos claro que él lo controla todo en esta compañía: hasta el más pequeño detalle. Que no se le pasa nada. Ni lo más nimio. Nos ha invitado –sin decirlo- a que tomemos nota.

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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