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El camarada David

Lo he dicho en más de una ocasión: no logro empatizar con Rodrigo Rato. No sé si va o viene. No logro formarme un criterio claro sobre su profesionalidad y valía. Me desconcierta. Ha hecho cosas muy bien y ha cosechado fracasos incuestionables.

Su desempeño como ministro de Economía durante la primera legislatura del Gobierno Aznar fue brillante, un buen trabajo. Tendió puentes, invirtió tendencias, saneó las cuentas, alcanzó consensos, acometió desafíos dignos de mérito... Y algo similar se puede decir de sus segundos cuatro años en el Ejecutivo.

Después, llegó su gran decepción personal. Aznar eligió a Mariano como el heredero y él tuvo que dar un paso atrás.

Me pareció una estupenda noticia su desembarco en lo más alto de una de las instituciones más relevantes del mundo financiero mundial: el Fondo Monetario Internacional. Pero de ahí provino también mi primer y mayor desencanto con el personaje: jamás entendí aquella espantada en forma de renuncia al cargo antes de concluir su mandato.

Lo dije en su día: fue un desplante en toda regla; un hecho difícilmente asumible para España (que quedó marcada desde entonces por aquella deserción) tras la dura batalla que tuvo que librar la diplomacia para obtener esa cuota de poder para nuestro país.

Tras un breve paréntesis, retomó su actividad profesional en entidades como el Banco Santander, Criteria (La Caixa) y el Banco de Inversión Lazard. Después vino Bankia, que ha culminado en un guirigay bochornoso e indigno, de proporciones descomunales. Todo un país en quiebra técnica por una caja con pies de barro.

Dicho esto, no salgo de mi asombro por lo que sucedió ayer en el Parlamento catalán. Contemplar a ese matón de la izquierda radical, llamado David Fernández, blandiendo una sandalia contra Rato en sede parlamentaria me provoca urticaria.

El diputado catalán no se quedó en un simple gesto sino que le retó con chulería: “¿Tiene miedo?”. Y añadió: “Su infierno es nuestra esperanza. Hasta luego gánster”. Al menos, le trató de usted...

Pero, ¿esto qué es? ¿En qué país vivimos? Se puede criticar de forma implacable la ejecutoria de Rodrigo Rato, tachar su trabajo de indigno y vergonzoso. De acuerdo. Pero con argumentos, razonando: todo tiene un límite. La actuación del compañero David es de república bananera.

Para colmo, ni el camarada David fue congruente con su modo de entender el mundo. No tuvo los arrestos necesarios para tirarle a Rato la sandalia, como sí hizo su mentor con George Bush en Irak. Claro: se arriesgaba a perder las prebendas parlamentarias, la comida caliente y la almohada de plumas. Y eso es mucho pedir.

Es el izquierdismo de salón, faltón y apoltronado: lo peor de lo peor.

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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