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El que no debe ser nombrado en el PP

Rajoy ha elegido una estrategia de imagen y comunicación con el ‘caso Bárcenas’ muy centrada en el cuidado de la palabra. Considera que cualquier error por exceso le pasará factura. Por eso ha optado por exponerse lo mínimo, lo imprescindible. La decisión de no pronunciar el nombre de Luis Bárcenas obedece a esta estrategia.

Volvió a pasar este lunes. El presidente del Gobierno anunció que comparecerá en el pleno del Congreso de los Diputados para “explicar la situación que vive el país, tanto desde el punto de vista económico como desde el punto de vista político”.

No citó en ningún momento el ‘caso Bárcenas’ ni el nombre del ex tesorero del Partido Popular. Como sucede con Lord Voldemort, el antagonista de Harry Potter en la saga de J. K. Rowling donde sus protagonistas evitan pronunciar su nombre. Se limitan a expresiones como “el que no debe ser nombrado”, “quien tú sabes” o el “innombrable”.

La cosa comienza a rozar lo grotesco.

Pero el jefe del Ejecutivo no tiene dudas. Ha confirmado a sus más íntimos que no va a mencionar públicamente el nombre del ex tesorero porque considera que eso es entrar en el juego de Bárcenas. Según Rajoy, Bárcenas “no busca una condena legal contra el partido o contra mí, sino una condena mediática, y no voy a jugar a eso”.

¿Por qué se derivaría una condena mediática de pronunciar su nombre?

Lo explica un analista político de gran prestigio en los Estados Unidos llamado Frank Luntz. A su modo de ver, en política (y en la vida) lo importante no es lo que dices sino lo que la gente entiende.

Si uno quiere aumentar las ventas de una empresa, ganar unas elecciones, motivar a sus empleados o conseguir un aumento de sueldo, debe encontrar y utilizar las palabras adecuadas. En caso contrario, fracasará.

Luntz suele ilustrar su explicación recurriendo a un caso emblemático.

Sucedió cuando Nixon, acosado por la prensa norteamericana, convocó a la televisión para dar cuenta de lo que estaba pasando. Fue entonces cuando, como presidente de los Estados Unidos, dijo aquello de: “¡Yo no soy un ladrón!”.

Grave error. Sólo escuchar al líder del país hacer esa mención provocó involuntariamente que toda la sociedad americana asociara en su mente dos palabras que hasta ese momento eran ajenas entre sí: “Nixon” y “ladrón”. Fue su sentencia de muerte.

Más en twitter: @javierfumero

 

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Javier Fumero

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