Lunes 20/11/2017. Actualizado 17:10h

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Qué estás dispuesto a ceder para evitar un atentado

Nos están colocando bolardos por las calles, maceteros, vallas y hasta grandes vehículos pesados estratégicamente situados en rondas de acceso y avenidas. Se trata de evitar que algún terrorista decida robar un camión en alguna ciudad de España y se lance contra la multitud durante estos días festivos provocando una tragedia.

Ceder unos metros de vía pública no complica mucho la vida. Pero asistimos a una espiral creciente: la hipervigilancia.

El terrorismo ha mutado. Las organizaciones que han declarado la guerra a occidente ya no son un ejército en perfecto orden de batalla sino pequeñas células compuestas por ciudadanos corrientes, capaces de pasar años infiltrados en barrios tradicionales sin levantar sospechas. Una vez activados se van a inmolar.

Esto convierte la tarea de guardia y prevención en un desafío de enormes proporciones. Es preciso activar protocolos de control inéditos: monitorizar entradas y salidas, cotejar perfiles, controlar la actividad en redes sociales, analizar el pasado y trayectoria de muchas personas, identificar actuaciones sospechosas, peinar mensajes…

Todo esto, que no lo dude nadie, va en detrimento de la privacidad.

Algunos analistas llevan tiempo alertando del peligro: nos estamos transformando en una sociedad de la vigilancia.

Los avances tecnológicos y la generalización del uso de esos nuevos medios técnicos y sociales está provocando que los datos personales de millones de personas hayan pasado a manos de empresas y corporaciones.

Algunas compañías como Google –con acceso a tu dirección de correo, a tu almacén de archivos, a tus vídeos preferidos, a tus principales búsquedas para compras- conocen al milímetro tus gustos, aficiones, rutinas, tu estilo de vida, tus hábitos de consumo, tus preferencias ideológicas y manías inconfesables.

¿Está usted dispuesto a ceder esta información para que nos vigilen mejor?

Ya es posible rastrear los datos de cualquier persona mediante una intromisión en los registros que dejan sus actividades diarias en multitud de sistemas informáticos. Es lo que se conoce como “data-vigilancia”: la completa rendición de la privacidad individual al argumento de la seguridad pública.

Hay al menos dos problemas principales. Se puede estigmatizar a ciudadanos inocentes, porque se trabaja con estimaciones y patrones genéricos. De hecho este sistema supone, en el fondo, una vulneración de la presunción de inocencia: todos somos sospechosos y se nos trata como a tales.

En segundo lugar, es muy tentador el uso indebido de este gran ‘big data’. Es preciso, por tanto, que policías y servicios secretos traten caso por caso, definan claramente sus objetivos y trabajen bajo un estricto control judicial.

Hay mucho en juego.

Más en twitter: @javierfumero

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Sobre el autor...

Javier Fumero

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