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Carga la mano, hazle llorar

Hoy voy a comentar un asunto al que se le ha prestado poca atención pero considero relevante: esa capacidad que tenemos en España de convertir en espectáculo de circo un verdadero drama.

Me refiero al caso del refugiado sirio Osama Abdul Mohsen, que se dio a conocer hace unas semanas cuando fue agredido por la periodista húngara Petra Laszlo con aquella famosa zancadilla que dio la vuelta al mundo. Hace quince días llegó a la estación de Atocha de Madrid tras aceptar la oferta de trabajo que le hizo la Escuela nacional de entrenadores de fútbol (CENAFE) en Getafe.

Su desembarco fue por todo lo alto: rodeado de periodistas y reportajes de varias páginas, cámaras de televisión, unidades móviles, fotógrafos… Vino acompañado de su hijo menor de 7 años y de otro de 18 años, al que habían recogido en Múnich, ciudad a la que había llegado también como refugiado procedente de Italia. El despliegue fue impresionante. Los llevamos al Bernabéu, le pusimos una camiseta del Real Madrid... y viva el vino.

Me asombra esa capacidad que tenemos de convertir en un show hasta las cosas más trágicas. Eso no puede ser bueno, digo yo.

María Vargas Llosa acuñó hace algunos años la expresión la “civilización del espectáculo”. La utilizó para definir esa sociedad que sitúa el entretenimiento como primer elemento de su tabla de valores. En ese universo lo que prima es la diversión. La principal pulsión, la huida del aburrimiento.

El premio Nobel peruano admitía que los ciudadanos están legitimados para optar por una vía de escape de este estilo ante tanto sufrimiento: paro, crisis, corrupción, enfermedad, rutina, infidelidad, impuestos, traición... Esta salida es legítima –advertía el autor- pero quizás no tanto, convertirla en un valor supremo.

Si el pasatiempo y la jarana pasan a ser el primer y el segundo mandamiento de la Ley Social el asunto acaba pasando factura: se banaliza la cultura, se generaliza la frivolidad y, en el campo específico de la información, proliferará el periodismo irresponsable, aquel que se alimenta de la chismografía y el escándalo o convierte cualquier cosa en un teatrillo de feria.

De aquellos polvos, estos lodos de la televisión banal, de consumo, concebida como una especie de terapia de grupo dirigida a anestesiar a los televidentes ante las penas de la vida diaria. La pauta hacia este “neorrealismo puro con una vena de surrealismo” la marca exclusivamente la audiencia.  ¿Vende? ¡Adelante! ¿Quieres más relevancia? ¡Carga la mano! ¡Hazle llorar! ¡Logra que salpique!

Por este camino una sociedad se autodestruye: se vuelve insensible prácticamente sin darse cuenta. No me parece nada bueno.

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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