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A pactar, carajo

Ando un tanto perplejo estos días a cuenta de las reflexiones de tertulianos, columnistas y opinadores sobre lo que le espera a España en noviembre, cuando Rajoy logre armar su nuevo Gobierno.

Todo son malos augurios. “Será un ejecutivo tremendamente inestable”, “no es que sea débil es que nace frágil y enfermizo“, “cargará con el san benito de tener que ir pidiendo perdón simplemente por existir”, “se recordará por lo efímero de su mandato”, “no sacará adelante ninguna ley de peso”, “no hay nada que hacer: nuevas elecciones en un año”… Y así todo.

No estoy de acuerdo.

Es cierto que el PP afronta un gobierno en franca minoría. Es una obviedad. Contará con el respaldo de sólo 137 diputados. En frente, tendrá 213 parlamentarios. Nunca antes un presidente español, desde que hay democracia, había tenido tan poco apoyo. Es cierto.

Habrá que negociar cada centímetro de terreno. Los ministros deberán emplearse a fondo. Será una legislatura de escuchar, ceder, buscar puntos de encuentro.

Y Rajoy hace bien en no entusiasmarse con Ciudadanos y Coalición Canaria. Le van a permitir sumar hasta 170 escaños para la investidura, muy cerca de la mayoría absoluta de 178. Pero que no se equivoque: ambos partidos se van a cobrar después muy caro este apoyo. Será puntual, eso por descontado. Se juegan su propia supervivencia en ello.

Cierto también. Sin embargo, anestesiados como hemos estado en este país por el efecto de las mayorías absolutas, quizás hemos olvidado la enorme capacidad que tenemos aquí de forjar acuerdos. La transición es una fuente de inspiración, por ejemplo, a la que –ya verán- volveremos muchas veces en los próximos años.

Eso es muy bueno. Por lo pronto, refleja fielmente está sociedad que estamos alumbrando. Donde cada vez hay menos cosas blancas o negras. Cada vez abundan más los grises, como en la realidad. Incluso me atrevería a decir que las nuevas generaciones van abandonando los prejuicios. Con todos los defectos que portan, son más leídos y viajados que antaño: eso los capacita para ser menos pueblerinos, magnánimos, de visión amplia.

Con estos mimbres se pueden tejer alianzas duraderas sobre los grandes desafíos del país: la pobreza, el empleo, la educación, la atención a los más desfavorecidos, los niños y los ancianos, los desplazados, la violencia, la corrupción, el reparto equitativo de la riqueza, la promoción de la cultura.

Por si estos argumentos fueran pocos, ahí tenemos el caso de Pedro Sánchez como aviso a navegantes. La lección es clara: en política los cerriles no tienen futuro. Porque en política, el “no” más inteligente es el que sirve para iniciar una negociación. Es una torpeza convertirlo en una trinchera inamovible. El que no lo entienda así será expulsado del sistema. Va a durar un telediario.

Así que nuestros dirigentes ya lo saben: a pactar, carajo.

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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