Martes 12/12/2017. Actualizado 10:11h

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A la profesión de periodista es mejor venir llorado

Llevo días dándole vueltas a este asunto de la denuncia de la Asociación de la Prensa de Madrid (de la que formo parte) contra Podemos por esos supuestos ataques a periodistas en ejercicio.

El hecho y lo escuchado estos días me provoca sentimientos encontrados. Por un lado, me sorprende el posicionamiento de la APM por inusual. Por otro, me parece arriesgado anunciar que hay pruebas fehacientes del acoso y no aportarlas. Vamos de oídas. También digo que me parece intolerable cualquier cacería orquestada, sea contra quién sea. Y me gusta que se ponga a los atosigadores (si los hay) frente al espejo.

Sin embargo, me veo hoy en la obligación de escribir sobre una cuestión de fondo. Ningún profesional de la información se debe llevar a engaño: los que trabajamos en esto (y vivimos de sacar exclusivas medianamente relevantes) debemos convivir a diario con las presiones. Va en el sueldo.

Si uno intenta hacer bien su trabajo y obtener noticias propias suele resultar incómodo. ¿Por qué? Porque los gabinetes de prensa trabajan, en muchos casos, como auténticos pararrayos. La misión que les encomienda el presidente o el consejero delegado de turno es frenar las noticias (verdaderas o no) que sean negativas para la compañía. Y para lograrlo presionan. ¿Cómo? El abanico es amplio: amenazas, desmentidos públicos, amagos de chantaje, sutiles campañas de desprestigio, opacidad, ninguneos, demandas judiciales disuasorias…

Después están las instituciones públicas, los gobiernos, los partidos políticos, los sindicatos… Ellos también fuerzan, empujan, ponen la zancadilla… Salvo honrosas excepciones, aquí también todo el mundo suele ir a lo suyo, a salir lo mejor parado, a obtener el mejor enfoque sobre su desempeño o sobre su negociado… sea verdadero o no.

Esto es lo normal. Con estos bueyes hay que arar. Nadie puede extrañarse. Por eso digo que a la profesión de periodista es mejor venir llorado.

Insisto: cosa muy distinta es el acoso, la persecución, el hostigamiento. Eso no tiene un pase. Remite a las peores dictaduras.

Pero añado un dato más. A mi juicio, a los periodistas nos falta algunas veces una buena dosis de humildad. Pensamos que somos más estupendos que la media, que se nos debe tener más en cuenta que al resto, que el mundo gira un poco a nuestro alrededor.

Eso es peligroso. La prensa es el cuarto poder, es cierto. Tiene una labor social importante que desempeñar, de control y fiscalización de gobiernos, jueces, policías, clase empresarial… Pero no es bueno creérselo demasiado porque esa euforia provoca miopía.

Es lo que sucedió con Donald Trump, Hillary Clinton y las elecciones americanas.

Todavía recuerdo a Martin Baron, el director del Washington Post, cuando hace unas semanas a su paso por Madrid soltó aquello de “no hemos escuchado bien al país para saber que un candidato como él podía gustar”.

Muchos periodistas norteamericanos habían quedado en ‘shock’ al constatar que millones de votantes habían preferido a Trump en vez de a ellos. Baron, en vez de buscar culpables fuera, los encontró dentro.

Por eso, animó a los profesionales de los medios de comunicación a “escuchar mejor y escuchar con más frecuencia” para comprender cómo piensa la gente. Y no solo en las redes sociales, dijo.

No fue un brindis al sol. Baron desveló aquel día que su periódico ha decidido repartir en varios grupos al equipo de redactores que cubrirán las noticias sobre la Casa Blanca: unos darán cobertura desde Washington, como siempre, y otros irán a recabar impresiones al Medio Oeste, donde el entusiasmo por Trump es grande.

Bonita lección.

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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