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La solución de una familia de Lugo: ¡Echarse al monte!

Este martes logré captar uno de esos momentos mágicos que ofrece la radio: el relato de una señora muy interesada en transmitir, entre tanta penuria, un halo de esperanza.

Lo captó el programa ‘La Ventana’ de Gemma Nierga.

Hace cinco años, su marido era un floreciente hombre de negocios instalado en Madrid con toda la familia. Dirigía una empresa de diseño y artes gráficas, que iba como un tiro. Tenía contratados a ocho empleados y facturaba cada año lo necesario para vivir más que dignamente. Ella leía cuentos por encargo y cobraba por actuación. Con esos dos sueldos estaban en la gloria.

Entonces, su marido vislumbró que el viento estaba cambiando y fue valiente cuando todavía la inercia nos impedía adivinar a algunos el huracán que se avecinaba. Los clientes habían dejado de llamar. El negocio perdía gas.

No lo pensó dos veces. Lo habló con su mujer y cerró la empresa. De inmediato. Pudo pagar entonces sustanciosas indemnizaciones. Todos se fueron contentos. Vendieron a buen precio su casa en la capital, hicieron el hatillo y se marcharon a vivir… ¡a una aldea de Lugo!

El trance costó lo suyo. Ella admitió que era más conservadora que su esposo, partidaria de conservar el nido intacto. También estaban los hijos, en edad universitaria. Nada. Su marido la convenció y pusieron pies en polvorosa. Compraron barato un terreno precioso y edificaron una casa en condiciones.

Y ahora viene lo mejor.

Asegura que ahora allí, en la aldea, apenas se siente la crisis. Es un paraíso. Todo el mundo tiene su casa pagada desde tiempo inmemorial. Se come de lo que produce el campo. No hay deudas, agobios, ni estrecheces. Bueno, sí. Las inevitables cornadas que da la vida. En todos sitios.

Pero el nivel de vida es otro. Y los gastos también. Pese a la que está cayendo no ha dejado de ir al cine: le cuesta 4 euros. Las expectativas de la gente por esos pagos son modestas: ni ansían un coche de gama más alta, ni unas vacaciones lo más exóticas posibles, ni lujos, ni derroches. Se conforman con vivir dignamente, tranquilos, en paz y en armonía.

El encantamiento lo rompió –todo hay que decirlo- un contertulio economista. Que recordó aquello de que si todos hiciéramos como esta estupenda familia el país se pararía. El frenazo nos haría salir despedidos a todos (también a los lindos aldeanos) por la luna delantera del coche.

Pero la historia de esta señora esconde algunas reflexiones de fondo sobre la vida que me parecen muy interesantes.

 

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Javier Fumero

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