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Alcohólicas, anónimas, solas, borrachas, muertas y resucitadas

Álvaro Sánchez León | @asanleo | 14 de marzo de 2020

María sostiene un folleto de Alcohólicos Anónimos para la mujer. Fotos: Patricio Sánchez-Jáuregui.
María sostiene un folleto de Alcohólicos Anónimos para la mujer. Fotos: Patricio Sánchez-Jáuregui.

Martes, once de la mañana. En un Madrid de primavera que parece agosto retransmitimos el vaso medio lleno desde una sede de Alcohólicos Anónimos ubicada a los pies de la Plaza de Santo Domingo. Se levanta la corredera de metal y sale a la luz un aula pequeña, con sillas en corro empotradas en la pared, con carteles como “Hoy es el primer día del resto de tu vida” o “Lo que aquí se dice o se hace se queda aquí”. Una mesa con campana y caramelos. Una ristra de folletos: ¿Hay un alcohólico en su vida?, Alcohólicos Anónimos como recurso para los profesionales sanitarios, Esto es Alcohólicos Anónimos, Un mensaje a los jóvenes, Los doce pasos de Alcohólicos Anónimos, y ¿Tienes problemas con el alcohol? Quizá podamos ayudarte. Alcohólicos Anónimos. Llámanos: 913418282.

También hay un díptico sencillo sobre Alcohólicos Anónimos para la mujer.

Estamos con María y Carlota, que no se llaman ni María ni Carlota, porque las dos son alcohólicas anónimas, pero no se esconden si sus historias sirven para rescatar con el ejemplo a quienes se han bebido una cerveza al despertarse, a quienes compran bebidas en diferentes lugares para que nadie sepa cuánto compran, a quienes esconden botellas vacías y las tiran en secreto, a quienes planean recompensarse siempre su trabajo con un trago, a quienes se encuentran más graciosas y atractivas cuando beben, o a quienes han llevado, alguna vez, una botella de licor derrumbada en el bolso. O en el maletín.

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Me llamo María…

“Soy alcohólica y hoy no he bebido”. 63 años con más otoños que primaveras. “Yo era madre, trabajaba fuera y dentro, tenía hijos, una familia, y por las adicciones y una pareja muy tóxica me encontré en fase de destrucción. Mi cabeza se volvió loca. En los primeros años de los 90 tonteé con el alcohol cuando me faltaban otras sustancias que necesitaba. Y en 1994 pasé fugazmente por Alcohólicos Anónimos, pero no me enteré de nada”.

¿Desencadenante?

-Viví con una persona que me maltrataba y acabamos maltratándonos los dos. Un día me quedé sin casa, sin hijos, que eran ya mayores de edad, y en la calle. Volví al hogar de mis padres, a los que apenas conocía.

“Protagonicé varios intentos de suicidios, porque me di cuenta de que no podía parar de beber. Pero, de pronto, me enamoré por segunda vez y entonces traté de volver a empezar con las fuerzas de mi propia voluntad poniendo las cosas en su sitio. Pasito a pasito, aquel escenario negro fue cambiando. ¡Uy, qué bien! Funcionaba el amor, y el negocio, y volví a tener mi propio techo. Estaba tranquila y contenta. Pero mi alcoholismo estaba ahí, latente, y explotó de nuevo con todas sus fuerzas cuando una baja laboral por un problema de salud me aparcó en casa, donde pasaba mucho tiempo sola. Alargué la mano y empecé a abrir latas compulsivamente…”.

Funcionaba el amor, y el negocio, y volví a tener mi propio techo. Estaba tranquila y contenta. Pero mi alcoholismo estaba ahí, latente, y explotó de nuevo con todas sus fuerzas cuando una baja laboral por un problema de salud me aparcó en casa

Sostiene María: “Mi pareja se iba a trabajar sobre las seis de la mañana. Yo esperaba un poco, por si se había olvidado el móvil o las llaves, y en seguida empezaba a beberme la primera cerveza, que nos creemos que la cerveza no hace daño. Ya. Calculaba las que me hacían falta con una obsesión pasmosa. Y una. Y otra. ¡La cantidad de ropa que habré tirado a la basura para envolver las latas para que nadie se diera cuenta! No me aseaba, no limpiaba la casa. No me preocupaba nada más que de beber, porque aquello me anestesiaba para afrontar de cara los problemas que tenía. Bebía, terminaba como una cuba, dormía y despertaba con una resaca horrorosa. Mientras tanto, pensaba: qué raro que mi pareja no se esté dando cuenta de lo que pasa, porque él conocía muy bien cómo acaba la gente que bebe mucho. Claro que se estaba dando cuenta, pero la que tenía que darme cuenta era yo”.

“Un día me derroté. Le conté que tenía un problema muy grande. Que no sabía parar.

-Lo sé.

-¿Por qué no me has dicho nada?

-Porque, aunque yo lo vea, el cambio depende de ti. Aprovecho para decirte que me quedo con el negocio y con el perro. Tú te quedas con la casa. Si no pones remedio, esto se ha acabado”.

“Ya no era lo buena madre que fui. Ni lo trabajadora que era. ¡No era nada! Estaba desquiciada, sin salida, y sola. En el fondo, completamente sola. No quería beber, pero cuando me daba cuenta tenía una cerveza entre mis manos. Yo no soy creyente, pero el suspiro de ‘Dios-mío, Dios-mío’ no me lo quitaba de mi boca, porque ya no era solo cerveza: ahora era también coñac, y güisqui… Hice sufrir tanto a mi pareja y me hice sufrir tanto a mí misma que hace tres años no me quedó más remedio que llamar a la puerta de Alcohólicos Anónimos buscando volver a empezar. Llegué hundida y muy avergonzada, con ganas de curarme, aunque pronto aprendí que esta enfermedad no se cura nunca. He dado un giro de 180 grados”.

Me llamo Carlota…

“Tengo unos 53 años, tampoco hace falta ser exactos en todo. Soy alcohólica y hoy no he bebido. Cuando era jovencita trabajé la noche, pero nunca tuve problemas con el alcohol, a pesar de que me dedicaba a poner copas. Me bastaba ver cómo acababa la gente para entender que si quería aguantar ese ritmo de trabajo no podía seguir esos ejemplos. Me movía en un entorno de amigos que utilizaban drogas, pero me prevenían: nosotros sí, pero tú, mejor no”.

“A finales de mi década de los 20 dejé aquel mundo y aposté por un trabajo más decente y de día. Me hice comercial. Y, claro, entré en esa rutina de una caña al mediodía, una comida con buen vino con un cliente, hasta que me consagré como una simple bebedora social. Todavía no había atravesado la línea de la muerte”.

“Nunca me planteé que podría tener un problema con el alcohol, porque era capaz de dejar de beber cuando cogía el coche o por temporadas largas. Eso sí: que había algo que celebrar, a beber; que se nos fastidiaba una operación en el trabajo: a beber para ahogar las penas. Ese era el pacto no verbal entre compañeros. Hasta que empecé a notar que me despertaba regular, pero lo achacaba rápido a mis problemas de vértigo”.

Nunca me planteé que podría tener un problema con el alcohol, porque era capaz de dejar de beber cuando cogía el coche o por temporadas largas. Eso sí: que había algo que celebrar, a beber; que se nos fastidiaba una operación en el trabajo: a beber para ahogar las penas

“Por circunstancias que no vienen al caso me quedé sin trabajo recién salida de una operación y pasé mucho tiempo en casa. Sola. Pensando que yo era una mujer independiente de mi tiempo. Que a mí me gusta mucho quedar con gente y hablar por teléfono, pero luego yo, a solas, en mi casa, era una mujer independiente… ¡Mentira! ¡Era independiente para beber a solas en mi casa!”.

“Me di cuenta de que tenía un problema cuando vi que todos los días tenía que bajar al bar a tomarme el aperitivo y subir con el puntito. Bueno, ya después como con agua, y por la tarde voy al gimnasio… Pero llegaba la noche, y volvía a beber”.

Que a mí me gusta mucho quedar con gente y hablar por teléfono, pero luego yo, a solas, en mi casa, era una mujer independiente… ¡Mentira! ¡Era independiente para beber a solas en mi casa!

“En esa soledad caí en una depresión: fíjate, qué pena de vida, todo me pasa a mí, así no hay quien encuentre trabajo… ¡Mentira! Todo lo que yo tenía era “operable” y se curaba con medicación. Todo, menos yo misma. No quería enfrentarme a mis fantasmas: que no tenía empleo y que estaba en una edad muy jorobada para encontrarlo. Aquello me hacía beber más. Aquella era mi única anestesia”.

“Solo bebía cervezas. Unas cuentas. Ocho las aguantaba bien. A partir de diez, acababa muy mal. Era un despilfarro económico incluso para una mujer sin trabajo, pero nunca te falta dinero para una cerveza, y si falta, te lo quitas de comer”.

“Me acostumbré a las ocho cervezas y me despertaba algunos días con una resaca que no podía ni moverme. Pero noté que el problema era muy serio cuando descubrí que no quería tomarme la tercera en un bar, porque se me notaba. ¿Cómo? ¡Pero si yo tenía un aguante tremendo! Y la tercera, entonces, caía en casa. Sola. Hasta decir adiós al día completamente borracha”.

“Amanecía con los párpados echados y diciéndome a mí misma: hoy, solo una cerveza. ¡Hoy no va a caer más que una cerveza! Tengo grabada una imagen que aún me sobrecoge: yo, ante el espejo del baño, abriendo la segunda cerveza entre lágrimas llamándome a mí misma borracha… Solo de recordarlo se me pone la piel de gallina”.

“Nunca en mi vida había sentido una pena tan grande. Estaba sola. Nadie lo sabía. Mis amigos decían que me estaba volviendo muy rara, pero suponían que no salía porque no tenía trabajo, ni dinero. Y mi familia vivía fuera. ¡Uy, la que liaba cada vez que algún familiar pasaba por casa! ¡La cantidad de latas de cerveza que había escondidas debajo de la cama, o detrás del armario de las sábanas, en bolsas, en bolsos! Todo aquel tejemaneje se hace muy heavy. Sentía una vergüenza bestial y una tristeza muy grande. Veía que no podía estar con gente normal, que me rodeaba de parejas muy nocivas que consumían más alcohol que yo, y drogas. Eran el espejo perfecto para recriminarles…”.

“Cuatro meses antes de llegar a Alcohólicos Anónimos pasé un verano muy intenso. De los dos meses que pasé en la playa, creo que solo pisé la arena dos días. Nada más. Fueron dos meses casi completos a pie de chiringuito y rodeada de lo peor de mis amistades, gente que me daba asco”.

“No quería contarle mi historia a un psiquiatra y me daba mucho miedo Alcohólicos Anónimos, porque pensaba que, ojo, cuidado, que esto es una media secta. Vete tú a saber. Tenía la imagen de las películas americanas en blanco y negro donde aparecían señores anónimos contando su vida en reuniones curiosas. Hasta que un día busqué el teléfono en Google, llamé y me decidí a visitar uno de los grupos del centro de Madrid, porque en este barrio he pasado los años más felices de mi vida. Antes había hablado con mi médico de Familia:

-¿Qué te pasa?

-Creo que soy alcohólica.

-Se quedó muerta-.

-¿Por qué? Le conté… Pero no te preocupes. Voy a pasarme por Alcohólicos Anónimos.

-Es lo mejor que puedes hacer”.

“Siempre he dicho que aquí me trajo mi padre desde arriba, porque nadie de mi familia me veía, pero mi padre, que es la persona que más me ha querido de mi familia y al que yo he adorado, sí. Yo no era creyente, pero siempre he pensado que me mi padre me miraba desde cualquier sitio y me daba vergüenza haber destrozado todo el orgullo que sentía por mí. Y vine aquí y no sé qué me pasó. Sinceramente: al principio me parecía que había algo rato en el ambiente. Por si acaso, nunca tomé caramelos de los que se ponen en esa mesa. Pero me preguntaba: ¿Cómo puedo salir de aquí con tanto optimismo? Y lo cierto es que pasar por aquí me cambió la vida”.

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Alcohólicos Anónimos, ¿dígame?

Los folletos lo explican así: “Alcohólicos Anónimos es una comunidad de hombres y mujeres que comparten su mutua experiencia, fortaleza y esperanza para resolver su problema común y ayudar a otros a recuperarse del alcoholismo. El único requisito para ser miembro es el deseo de dejar la bebida”.

Javier lleva tiempo en esta casa y tiene los ojos relucientes y una sonrisa sincera. Le brilla el rostro al hablar de lo que es y de lo que ayuda esta comunidad que en junio cumple 85 años de vida en el mundo y 50 oficialmente en España, aunque hay grupos en marcha desde 1955. 614 grupos se reúnen unas dos veces por semana en el país.

Más allá del anonimato –“que no secretismo”- y del sentido de profunda amistad que une a las personas que participan en sus grupos, Alcohólicos Anónimos sugiere, “pero no impone”; anima en un clima de libertad personal y es “la pura anarquía, porque aquí todos somos iguales y nadie manda”. Cada cual asume los costes de su recuperación y de las acciones informativas o formativas que emprenden para ayudar a mucha gente a salir del hoyo, según cuenta Javier.

Entre las personas que participan en sus grupos en España, dos tercios son hombres, y el restante, mujeres, aunque el número de integrantes femeninas “viene creciendo en los últimos años. En 1994 eran un 21,3% del total y en 2017 suponían el 26,5%. En los últimos 20 años la edad media ha aumentado de 45 a los 54 años”.

Sabemos que las mujeres comienzan a beber más tarde que los varones y que el hábito de consumo y sus problemas asociados también aparecen después. Sabemos que la mayoría de los hombres alcohólicos permanecen casados, mientras que en el caso de las mujeres “esa condición solo supera levemente el tercio”. Los hombres que pasan por estas salas tienen estudios primarios o un bachillerato elemental, mientras que más del 26% de las mujeres han cursado estudios universitarios de grado medio y grado superior. Los hombres superan la línea roja del alcohólico por “nada, por debilidad personal o por entender la bebida como una alternativa de ocio ante la rutina de la vida”. El 42,3% de las mujeres lo hacen, mayoritariamente, por problemas personales y familiares. Y es interesante tener en cuenta que entre los miembros de Alcohólicos Anónimos hay “más personas autóctonas, más población activa y más nivel de formación” que entre la población alcohólica que se atiende en los servicios sociales.

La memoria de Alcohólicos Anónimos de 2019 explicita que el 65,6% de las personas implicadas en sus proyectos se iniciaron en el consumo de alcohol con menos de 17 años, y que el 64,8% de los casos son conocidos expresamente por el médico de Familia de cada paciente. Ellos (70,3%) lo esconden menos que ellas (66,7%). En cualquier caso, según la comunidad, “tres de cada cuatro miembros de Alcohólicos Anónimos se sienten apoyados por su médico. Solo un 1% encuentra una oposición clara”. Por el mismo documento sabemos que la mayoría llegan aquí “por presiones familiares” (38,9%) y que un 64,6% del total de miembros nunca ha recaído de nuevo en la bebida.

¿Es Alcohólicos Anónimos para usted? En uno de los folletos que visten las paredes de esta sala hay doce preguntas que orientan: cuatro respuestas afirmativas a este test indicarían “un problema grave con la bebida”.

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La nueva María

Retoma María: “El 18 de mayo es mi aniversario. Desde hace tres años estoy estupenda de la muerte. Mi vida ha cambiado muchísimo desde el primer día. La mayoría de mujeres alcohólicas estamos muy solas. Cuando llegué a Alcohólicos Anónimos me ofrecieron una solución si cambiaba de actos y actitudes y me aseguraron que todo iría bien si era obediente. Me encontré con razones para esperar. Además, noté desde el principio que los compañeros me besaban, me abrazaban, me arropaban. Sentí mucho amor y mucha comprensión. Esto me atrajo muchísimo y vi que era mi sitio para volver a nacer”.

María recomenzó un domingo. Su primera reunión fue el aniversario de un compañero, “que celebramos más que el cumpleaños, porque es el día en que resucitamos. Me dedicaron la reunión. Me contaron sus compartires, sus experiencias, y yo me vi reflejada en ellas totalmente”.

Noté desde el principio que los compañeros me besaban, me abrazaban, me arropaban. Sentí mucho amor y mucha comprensión. Esto me atrajo muchísimo y vi que era mi sitio para volver a nacer

¿Cómo fue la primera vez que ganó una batalla al alcohol?

-Llegó sin que me diera cuenta, porque desde el primer día, con naturalidad, no volví a beber. El lunes siguiente volví a trabajar en mi negocio de hostelería manipulando alcohol y nunca más he tenido ganas de beber durante mi tiempo de trabajo. He padecido algún lapsus de deseo cuando he visto una buena cerveza en una buena terraza, pero no he vuelto a beber. De todas formas, en nuestro programa vivimos al día: las conquistas nos duran 24 horas. Hoy no he bebido. Mañana espero no beber. Vivimos el ahora y el aquí.

Y sigue con su pareja.

-Sigo con mi pareja.

¿La que le dio el ultimátum?

-¡La del ultimátum! Aunque es un hombre serio, veo que se ríe conmigo. Le veo a gusto y contento. Es el santo Job.

¿Mejor con sus hijos?

-Con uno, bien. Con el otro nos hablamos, aunque voy y vengo, como el Guadiana, pero hemos normalizado la relación. Creo que los dos me adoran, cada uno a su manera.

¿Y con el resto de su familia?

-Mis hermanos para mí eran muy tóxicos. Con algunos no me hablaba. Ahora estoy cerca de todos. Me han llegado a decir: tú haces algo, estamos viendo a la María de muchos años atrás. Les digo que estoy haciendo yoga…

¿Se mira al espejo y se ve campeona?

-Me miro al espejo y veo feliz, pero con mis problemas. Como todo el mundo. Campeona, no, porque se me puede subir el ego. Me veo guapa, tengo ilusión por arreglarme, por cuidarme, por hacer muchas cosas. Quería hacer un inciso antes de acabar de contarle mi historia.

Adelante.

-Yo he llegado sola y muy borracha a casa de mis padres. Me bajaba del autobús, me caía, me levantaba y me volvía a caer… En cien metros me caía siete veces. Serían las doce de la noche, aunque tuviera que levantarme a las cinco de la mañana para ir a trabajar, para que nadie me viera perder así mi dignidad. No estoy nada orgullosa de todo aquello.

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El F5 de Carlota

El aniversario de Carlota es el 4 de septiembre de 2018. Ahora, cuenta, “estoy muy contenta, porque mi vida ha cambiado totalmente en lo personal. Tengo otra fuerza, otro talante, pero la vida sigue adelantes con problemas de otro tipo. Cuando entré en Alcohólicos Anónimos vi que todo era maravilloso, que todo tenía solución, que nunca pasa nada, si lograba no abrirme esa primera lata de cerveza. Cada mañana le doy gracias a Dios por estar donde estoy y después que venga el día como venga. ¿Lo paso mal? Claro, pero ya no es porque eche de menos el alcohol, sino porque sigo atravesando situaciones muy malas, como mucha gente”. 

“Un año y medio después noto que vuelve la depresión y pienso: ¡Pues menos mal que ya no bebo!  Además de una enfermedad que se llama alcoholismo tengo otras dos patologías crónicas. Me levanto en ayunas. Me tomo dos pastillas, porque si no mi metabolismo no funciona. En fin: que el día arranca mejor o peor, con más o menos problemas, pero sin alcohol. Cuando llevaba cinco semanas asistiendo a mi grupo de Alcohólicos Anónimos -90 días y 90 reuniones- me tuve que ir fuera de Madrid por un problema familiar y tenía mucho miedo a recaer. Gracias al teléfono mantuve el contacto con mis compañeros y superé aquel trance entre aguas y cocacolas. Si hubiera bebido en ese momento, me habría matado. Ese miedo es bueno, porque significa que queremos pelear y que conocemos la pasta de que estamos hechos”.

Cada mañana le doy gracias a Dios por estar donde estoy y después que venga el día como venga. ¿Lo paso mal? Claro, pero ya no es porque eche de menos el alcohol, sino porque sigo atravesando situaciones muy malas, como mucha gente

“Sola y borracha… más de una vez me he caído en casa. Ahora mi vida es mejor, claro. Tengo problemas económicos, laborales, familiares y estoy jorobada de salud. ¿Lloro? ¡Sí, pero no por culpa del alcohol! La ventaja es que hoy veo las dificultades de otra manera. Si no sales del alcohol nunca se ve la luz al final del túnel”.

Remata Carlota con gracia: “Cuando llevaba aquí unos meses, mi madre quiso venir a Madrid a verme, porque me notaba muy cambiada y quería saber qué secta me había abducido… He tenido tantas peloteras con ella que no se creía que la que estaba tranquila al otro lado del teléfono era su misma hija. Fíjese que cuando me emborrachaba tenía que apuntar en un papel por qué nos habíamos tirado los trastos a la cabeza, porque con esas lagunas de memoria del día de resaca, ni me acordaba. Venir a Alcohólicos Anónimos no es un secreto, pero tampoco lo difundo. A mis familiares les digo que hago relajación”.

-Me va a permitir que haga un inciso sobre alcohol y mujer, reclama Calota con el índice en alto.

Adelante.

“Las mujeres alcohólicas seguimos estando muy mal vistas por la sociedad. Sobre todo, entre las propias mujeres. Yo he sido la primera que he mirado con desdén a señoras borrachas de 50 años. En este tiempo que llevo en Alcohólicos Anónimos he conocido a mujeres de provincias -quizás en las grandes ciudades pase menos- que sufren solas y en sus casas y se ven sin fuerzas y sin respaldo para dar un paso adelante que las libere. He visto con estos ojos padres e hijos alcohólicos que van juntos a un grupo, pero a la madre no la dejan asistir, porque les da vergüenza. Lo de la mujer en algunos sitios es muy duro. Se las ven y se las desean para encontrar una salida. Gracias a las nuevas tecnologías tiramos de Skype o de teléfono, pero lo cierto es que hay muchas mujeres que sufren en silencio esta enfermedad y eso es muy injusto”.

María es, también, una de los voluntarios que están al otro lado del teléfono cuando alguien llama a Alcohólicos Anónimos. Muchas veces es ella la del “¿dígame?”. En su demoscopia particular después de unos cuantos meses al aparato figura un dato de pura evidencia casera, pero real: “Sigue habiendo mucho tabú con la mujer alcohólica en nuestra sociedad. Muchas de esas mujeres están enclaustradas en el núcleo familiar y necesitan respirar ayuda fuera. Yo he conocido mujeres que prefieren morirse antes que reconocer que son alcohólicas”.

¿Ven aquí cada vez más mujeres jóvenes que buscan rehabilitarse?

Carlota: El otro día me quedé muerta. Vino a una de nuestras reuniones una chica de 16 años que llevaba dos bebiendo. ¿Pero, chiquilla, cómo empezaste tan joven? Pues mira: ella se ha quitado de sufrir todo lo que hemos sufrido otras por llamar a esta puerta más tarde. Los datos que existen sobre alcoholismo y mujer son solo la punta del iceberg.

Sigue habiendo mucho tabú con la mujer alcohólica en nuestra sociedad. Muchas de esas mujeres están enclaustradas en el núcleo familiar y necesitan respirar ayuda fuera. Yo he conocido mujeres que prefieren morirse antes que reconocer que son alcohólicas

 

 

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