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Enfermedades seniles de la democracia que llevan al escepticismo

Salvador Bernal |

Confidencial Digital | 30 de abril de 2019

Emmanuel Macron.
Emmanuel Macron.

Los grandes centros de poder internacional temen que la fragmentación política española lleve a una inestabilidad que, ciertamente, no interesa a nadie, y menos aún a los fautores de la globalización. Esta vez, parece superado ese temor, gracias a una amplia participación ciudadana, que contrasta con el escepticismo que se observa en otros países, como consecuencia de cierta decadencia de la democracia, incapaz de responder de veras a las necesidades reales de muchos.

Lo acaba de comprobar Emmanuel Macron, en su intento casi desesperado de recuperar ilusión popular por unas reformas que, en la última campaña presidencial parecían haber encontrado eco en los ciudadanos. Pero la evolución del mandato, respaldado en la Asamblea Nacional por la mayoría del partido promovido por el propio Macron, refleja más bien un excesivo descontento: alguno lo considera rasgo típico de la idiosincrasia del país vecino; pero hay motivos objetivos, como los señalados por el movimiento de los “gilets jaunes”, que volvieron a manifestarse en todo el Hexágono después de veintitantos sábados consecutivos, sin que la reciente ley –en parte, inconstitucional- haya frenado la protesta, ni las dosis homeopáticas de violencia física.

En la campaña electoral española, los sondeos de opinión detectaron un amplísimo porcentaje de “indecisos”. En Francia, una encuesta realizada del 18 al 22 de abril para Le Monde, refleja que el 42% afirma no estar seguro de votar en las elecciones europeas, y sólo un tercio considera que ha sido útil el gran debate nacional promovido a comienzos de año por el presidente de la República. La consulta se hizo después del incendio de Notre-Dame de París y antes de la conferencia de prensa en la que Macron reveló sus conclusiones y propuestas de futuro. La mayoría aprueba medidas, como las previstas por el Elíseo –mejora de servicios públicos, desempleo, pensiones, reducción de parlamentarios o aumento de referéndums-, pero desde un escepticismo que les lleva a dudar de que realmente las cosas vayan a mejorar…

Buena parte de la crisis de las democracias occidentales refleja en parte la de los partidos políticos, que –como los sindicatos- parecen haber perdido capacidad de representación: son casi un freno a la participación política ciudadana, hasta el punto de transformar en deber, en vísperas electorales, el derecho de los ciudadanos a votar. La partitocracia –encarnada por unas pocas formaciones dominantes en cada país- aleja en la práctica al ciudadano, que observa cómo los intereses de cada grupo prevalecen sobre los intereses de todos. La renuncia a hablar y vivir ideas clásicas como la del “bien común” les está pasando factura.

Quizá por esto, aunque parezca una contradicción, crecen las escisiones dentro de los grandes partidos, así como la aparición de nuevas formaciones que intentan presentarse –el propio Macron lo hizo, como la Liga o los grillini en Italia- más bien como “movimientos”; con frecuencia, no son generalistas, sino focalizados en objetivos concretos, como los derechos de los animales.

Al frente de esas formaciones suele estar una persona que se ha ido dando a conocer en la vida pública, a través de los medios de comunicación, también porque con sus protestas contribuyen al espectáculo al que tiende la cultura audiovisual. Juega a su favor el deseo de muchos, que prefieren votar a una persona, y no a unas siglas. En el caso español, al menos en grandes ciudades como Madrid, serán más conocidos los candidatos a las elecciones europeas –quizá por la relativa tradición de llevar a Estrasburgo a figuras quizá gastadas-, que los propuestos como senadores…

Obviamente, el problema no es español. En Alemania se batirá el récord de listas presentadas a los próximos comicios para la Eurocámara. Sin duda, en la aparición de pequeños partidos influye la derogación del umbral de elegibilidad de diputados –decisión del Tribunal Constitucional Federal, contra el mínimo del 3% para entrar en la Eurocámara-, junto con el principio del Estado como distrito único: como se comprobó ya en 2014, facilita la posibilidad de que grupos mínimos consigan al menos un representante. La comisión electoral federal ha reconocido para 2019 nada menos que a 41 partidos, diez más que en 2009, máximo de listas desde las primeras elecciones europeas por sufragio universal directo en 1979. Y eso que excluyeron a otras 18 organizaciones que también lo pretendían. Pero será la última vez, porque el Consejo de la UE decidió que los Estados con más de 35 diputados deberán establecer, para 2024, un umbral entre el 2% y el 5%. De momento, confirma la tendencia a la escisión –cinco grupos ecologistas en un país donde los Verdes tienen mucha fuerza-, o la lucha por temas específicos: el establecimiento de la renta básica universal, la promoción de referéndums.

En la encuesta francesa que señalé antes, no se advierte influencia favorable a la participación tras los primeros debates en las televisiones. Más bien han contribuido a la decepción. Está por investigar las causas de la reducción positiva de la abstención al 24%, lograda en España el pasado domingo.

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