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España, un paseo por su oclocracia

Emilio Domínguez Díaz | 21 de enero de 2019

Manifestación en Sevilla contra el pacto del PP con Vox.
Manifestación en Sevilla contra el pacto del PP con Vox.

No, no se trata de una región nueva. Tampoco de una comunidad autónoma de nuevo cuño o de alguna de esas repúblicas virtuales cuyos inventores andan promocionando en su particular tour europeo o, por estos lares, dando una vuelta con rejas y celdas como testigos de su sedicioso atrevimiento. 

Me refiero a la oclocracia, a la más sublime degeneración de cualquier estado democrático, que, al asomarme la semana pasada por los mass media y plazas del territorio patrio, me he encontrado haciendo juego con un variopinto elenco de figurantes (y figurantas) de todos los colores y protestas. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid o, siendo más certeros, el Guadalquivir por Sevilla, allá que se congregaron.

He oído sus consignas, sus gritos, sus quejas, su llanto, su lamento y no he tenido más remedio que, aturdido, cerrar puertas y ventanas para, así, evitar su contagio y bilis anti-democrática, además de un evidente sentimiento de vergüenza ajena. Que corra el aire, por favor.

¡Qué horror! ¡Vade retro! Y lo peor es que, a toro pasado, no me arrepiento de ello, ni tampoco de mostrar una micra de solidaridad con esa caterva indignada. La caridad y paciencia que practicaba se han ido al garete. Lo siento.

Y no lo he hecho por cobardía; simple y llanamente, por prevención. Cuestión de higiene, ahora que se estila lo del "cordón sanitario" cuando un resultado, sujeto al dictado democrático de las urnas, no conviene a líderes políticos expertos en no practicar lo que predican en pláticas y, ¡cómo no!, redes sociales. "Agitar, hay que agitar", suele ser el "copia y pega" que, como la pólvora, corre por whatsapp.

Estatua de Polibio.

De una u otra forma, he recordado a Polibio, a Aristóteles, a Maquiavelo o a Rousseau. También, sus teorías y advertencias; en muchos casos, precursoras del mob rulevigente. Han sido flashes, rápidos e instantáneos, mientras miraba por el cristal de ese espejo oclocrático en el que me ha parecido ver lo que, por desgracia, cada vez está más latente en una abatida sociedad que torpemente baila al mismo compás de una debilitada civilización occidental ausente de valores, pero repleta de complejos inducidos por su buenismo, los lobbies de moda y lo políticamente correcto.

Además, he llegado a mirar más abajo, casi al averno al que nos vemos abocados y, en esa panorámica, me he dejado los ojos intentando localizar un haz de luz, un rayo de esperanza, entre esa abundante representación de bárbaros (y bárbaras) gestados en una democracia alarmantemente cogida con alfileres.

La degeneración es sintomática ahora que las líneas de flotación del bienestar consentido y de los excesos del asociacionismo se tambalean. El objetivo ha sido alcanzado, tocado, y las ayudas económicas, también. Duele.

Y ya sabemos que cuando al españolito de a pie se le toca el bolsillo o se le desnuda su verdad, su orgullo se resiente. Entonces, éste milagrosamente recupera la memoria; esa que, exiliada, ha estado vagando en Andalucía, por ejemplo, durante décadas y que, tras el sorprendente efecto de unas elecciones, ha propiciado un tsunami al que no le faltan ingredientes como la vulgaridad, el rencor o el revanchismo. Vamos, lo que, de un tiempo a esta parte, viene siendo habitual en nuestro país y que, a pasos agigantados, se va convirtiendo en ese minoritario mobile vulgus que representa la tiranía de unos cuantos impositores del caos y el desorden.

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