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Prisa maquillada

Víctor Beascoa | 03 de junio de 2020

Al comienzo de esta inesperada hibernación muchos estábamos sobrecogidos por tener un tiempo al que no estábamos acostumbrados. La situación era un tanto extraña, pero más pronto que tarde, nos acabamos acostumbrando a lo que era nuestra propia rutina.

Una rutina tan particular como común. Una rutina autoimpuesta durante días de confinamiento para hacer todos los quehaceres, desde trabajar hasta limpiar la cocina o el salón. Además, teníamos tiempo para leer, escribir, cocinar, comer, ver Netflix, hablar con la familia, disfrutar la cultura y… mucho más.

Qué tranquilidad. La vida respira.

Pero la tranquilidad se acabó convirtiendo en prisa. Prisa por lograr tanto hitos individuales como por luchar por hitos colectivos. El amplísimo abanico de posibilidades que nos presentaba el confinamiento era pues un arma de doble filo. La infinidad de planes soñados durante estos meses sumados a la ya de por si cargada rutina personal ha provocado que la indiscreta tranquilidad se pusiese las zapatillas de salir a correr.

Nos ha entrado la prisa por quedar con gente, viajar, leer, reír, hacer deporte, comer bien, cocinar, escribir, trabajar y estudiar. Y todo a la vez.

Y es que, al fin y al cabo, hemos tenido la oportunidad de diseñar nuestro propio orden. Una versión personalizada de nuestras vidas en la que nunca ha faltado tiempo para pensar, soñar y planear un futuro que ahora más que nunca entendemos que es finito.

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