Canadá ensaya un escenario EE.UU.: el dato que cambia todo

Por primera vez en más de un siglo, el Ejército de Canadá ha encargado una modelización teórica sobre cómo respondería si Estados Unidos cruzara el umbral de una invasión. El matiz, que no es menor, es que no se trata de un plan de guerra ejecutable, sino de un esquema de respuesta para medir tiempos, opciones y costes.

El documento, revelado por The Globe and Mail y confirmado por altos cargos del Gobierno, dibuja una conclusión incómoda: en combate convencional, Ottawa duraría poco. A partir de ahí, el foco cambia a guerrilla, sabotaje y apoyo externo, con el Ártico como telón de fondo.

La noticia la adelantó The Globe and Mail y fue confirmada por dos altos funcionarios del Ejecutivo canadiense: las Fuerzas Armadas Canadienses (CAF) han trabajado en un esquema teórico para una respuesta nacional ante una hipotética invasión de Estados Unidos. En el ámbito OTAN y NORAD, donde el planeamiento es rutina, lo llamativo no es el método, sino el supuesto. El enfoque, según esas fuentes, parte de una premisa de asimetría total: superioridad aérea, ISR y fuegos de precisión del US military frente a una estructura canadiense más ligera. En paralelo, Canadá sigue comprometida con el despliegue aliado en Letonia, dentro del enhanced Forward Presence (eFP) de la OTAN, un recordatorio de que Ottawa continúa operando en lógica de coalición.

Ahora bien, el detalle que cambia el encuadre aparece pronto y conviene subrayarlo: no es un “plan militar” con órdenes, fases y paquetes de fuerzas, sino una modelización de respuesta, inferior en jerarquía a un OPLAN (Operational Plan) al estilo estadounidense. Pudiera parecer lo mismo, pero la realidad no es así. Un plan operativo exigiría diseño de ejecución, mando y control (C2), logística, reglas de enfrentamiento, coordinación interagencias y un calendario de fuerzas. Aquí, según la información publicada, el objetivo es medir qué ocurre “si todo sale mal” y qué opciones quedan cuando la defensa convencional colapsa.

El contexto político ha empujado el foco. Desde la victoria electoral de Donald Trump en noviembre de 2024, el presidente estadounidense ha reiterado públicamente su interés en la anexión de Canadá como “51º estado”, y NBC ha informado, en fecha reciente, de que Trump ha vinculado parte de su argumentario a la vulnerabilidad del Ártico canadiense. En Ottawa, el primer ministro ha llegado a advertir de que la soberanía “no está garantizada”. Aun así, uno de los altos cargos citados recalca que la cooperación militar bilateral sigue siendo positiva, sobre todo en el marco de NORAD y programas compartidos de vigilancia y alerta temprana.

La fotografía de capacidades no ayuda a la épica. Canadá dispone de un contingente total en torno a los 100.000 efectivos, con unos 68.000 en activo y el resto en la Reserva. Y, si hacemos un análisis pormenorizado de la correlación de fuerzas, el propio modelo interno asume que la resistencia convencional no superaría una semana en el mejor de los casos. Punto. A partir de esa ventana temporal, el documento gira hacia tácticas de guerrilla, emboscadas, sabotaje y hostigamiento con unidades pequeñas (paramilitares o civiles armados), calcadas —según la información— a patrones observados en Afganistán frente a la URSS y, décadas después, frente a Estados Unidos.

Parámetro Valor
Ventana estimada de defensa convencional Hasta 7 días, según la modelización citada por prensa canadiense.
Personal CAF (total) ~100.000 (aprox. 68.000 en activo + resto Reserva).
Marco de cooperación con EE.UU. NORAD (alerta aeroespacial y defensa de Norteamérica), interoperabilidad y ejercicios conjuntos.
Apoyo externo contemplado Solicitud de ayuda a Reino Unido y Francia, dos potencias nucleares europeas con vínculos históricos con Ottawa.

Ese giro doctrinal es, en buena medida, un reconocimiento de límites. Canadá no tiene masa crítica para una campaña convencional prolongada contra EE.UU., y menos aún si el oponente controla la escalada de precisión: aviación táctica, misiles de crucero, guerra electrónica (EW), ciber y superioridad en ISR (satélites, SIGINT, plataformas HALE). Por tanto, la disuasión se reinterpreta: no consiste en “ganar”, sino en elevar costes, negar control territorial sostenido y forzar un cálculo político distinto. En términos de manual, hablamos de defensa por negación, dispersión, redes clandestinas, sostenimiento austero y degradación de líneas logísticas, con un énfasis fuerte en operaciones de información y resiliencia civil.

¿Por qué Ottawa mira a la guerra irregular?

Porque no es un debate de valentía; es de estructura. Un ejército puede ser competente y, aun así, estar condicionado por densidad de fuerzas, profundidad logística y tamaño industrial. De hecho, el propio razonamiento que trasciende en el esquema teórico pone el foco en lo que los canadienses sí pueden hacer bien: operar en terreno difícil, disperso, con clima extremo, y sostener una campaña de desgaste con unidades pequeñas, movilidad y conocimiento del entorno. El Ártico, el Norte profundo y determinadas franjas boscosas, si se observan desde una lógica de guerrilla, son multiplicadores naturales. Eso no garantiza nada, pero cambia el coste de ocupación.

La “semana crítica” y el colapso del combate convencional

El dato de la semana no es una cifra lanzada al aire: encaja con la realidad de un enfrentamiento asimétrico donde el atacante dispone de supremacía aérea, capacidad de interdicción y un sistema logístico incomparable. A su vez, el defensor necesita tiempo para movilizar Reservas, reconfigurar C2, proteger infraestructuras críticas y asegurar líneas internas. Si ese tiempo no existe, el combate convencional se vuelve un “puente” hacia otra fase. Este tipo de análisis, en términos de planeamiento, recuerda a lo que RAND ha señalado en distintos estudios de disuasión y defensa territorial: cuando la correlación es desfavorable, la clave es diseñar mecanismos de resiliencia y resistencia prolongada más que apostar todo a un choque inicial.

Emboscada, sabotaje y célula pequeña: el patrón afgano

La referencia a Afganistán es reveladora por dos motivos. Primero, por la doctrina de “células” y compartimentación: se reduce la vulnerabilidad a inteligencia enemiga y se mantiene capacidad operativa aunque caigan nodos. Segundo, por el énfasis en negar seguridad: ataques a convoyes, sabotajes de infraestructuras críticas, hostigamiento de puestos avanzados y uso del terreno para limitar sensores y drones. Aquí entra también el debate sobre reglas de enfrentamiento, legitimidad interna, derecho de los conflictos armados y coordinación entre fuerzas regulares y actores no regulares, un punto siempre delicado. En Canadá, con una cultura institucional sólida y control civil, esa transición —si alguna vez se planteara— exigiría marcos legales y de mando extremadamente claros.

El factor nuclear europeo: Reino Unido y Francia

Uno de los elementos más singulares del modelo, según la información publicada, es la hipótesis de pedir apoyo a Reino Unido y Francia. No es un gesto simbólico: ambas son potencias nucleares, con capacidad de proyección y, sobre todo, con peso político en el Consejo de Seguridad de la ONU. Ottawa mantiene una relación histórica con Londres (el monarca británico es jefe de Estado constitucional canadiense) y un vínculo cultural y lingüístico con París a través de Quebec. En un escenario límite, el “apoyo” no tendría por qué ser militar directo; también podría ser diplomático, de inteligencia, de ciberdefensa o de sostenimiento material. Pero el mensaje implícito es claro: internacionalizar el coste político de cualquier acción coercitiva.

Qué puede significar “ayuda” en términos operativos

En ocasiones se interpreta la ayuda externa como envío de tropas. La realidad no es así. En una crisis de alta intensidad, la asistencia puede ser, por ejemplo: intercambio de inteligencia (SIGINT/IMINT), refuerzo de comunicaciones seguras, capacidades de guerra electrónica, apoyo logístico, munición, sistemas antiaéreos de punto, ciberdefensa y, de manera muy relevante, acompañamiento político al más alto nivel. El Congressional Research Service (CRS), cuando analiza arquitecturas de defensa aliadas, suele insistir en que los mecanismos de coordinación y estandarización (procedimientos, enlaces, compatibilidad de sistemas) determinan más que el “número de soldados” el valor real de una coalición en el arranque de una crisis.

Disuasión ampliada sin decirlo

Que el esquema cite a dos Estados con armas nucleares introduce, de forma indirecta, la idea de disuasión ampliada, aunque no se formule así. Canadá no es potencia nuclear y su seguridad estratégica se ha apoyado tradicionalmente en alianzas, interoperabilidad y credibilidad conjunta. Dentro de esos últimos, NORAD es el pilar, por su arquitectura de alerta aeroespacial y por los programas de modernización que ambos países vienen discutiendo para sensores de nueva generación y cobertura del Ártico. Este punto explica la aparente contradicción: se modeliza un escenario extremo mientras se mantiene la cooperación diaria con el mismo actor. Es incómodo, sí. Pero no es incoherente desde el planeamiento.

Ártico, NORAD y el cambio de cálculo

El Ártico aparece como trasfondo por una razón operativa: es el corredor natural de rutas aéreas y misiles, y un espacio donde la detección temprana y la persistencia de sensores son determinantes. Si se degrada la cobertura, el margen político para reaccionar se estrecha. Por eso, cuando Trump —según NBC— incide en la vulnerabilidad del Norte, no está inventando el problema; lo instrumentaliza en el debate político, pero el déficit de infraestructura, comunicaciones, aeródromos y bases de sostenimiento en latitudes altas es un reto real y caro. Y aquí viene la parte menos comentada: la modelización puede ser también una herramienta presupuestaria, un modo de cuantificar riesgos para priorizar inversiones en vigilancia, movilidad, defensa aérea de corto alcance (SHORAD) y resiliencia de infraestructuras críticas.

En términos industriales y de adquisición, el asunto apunta a líneas concretas: sensores OTH (over-the-horizon), radares polares, satcom resiliente, capacidades C-UAS, munición guiada y, sobre todo, sostenimiento en frío extremo. No es una lista caprichosa; es lo que permite sostener fuerzas dispersas, moverlas y mantenerlas comunicadas. Además, si Canadá quiere que su disuasión sea creíble, necesita interoperabilidad completa con EE.UU. en el día a día, pero también redundancias nacionales para no depender al 100% de un solo proveedor o arquitectura. Ese equilibrio, hoy por hoy, es el verdadero centro de gravedad del debate.

La realidad es que el impacto principal de este episodio no está en un hipotético choque militar —que los propios altos funcionarios consideran improbable—, sino en el diagnóstico: Ottawa ya contempla, aunque sea en un nivel teórico, escenarios que antes ni se nombraban. Y cuando un Estado llega a ese punto, lo siguiente suele ser revisar doctrina, inversión y diplomacia de defensa. Canadá, con sus compromisos OTAN en Letonia, su dependencia operativa de NORAD y la presión estratégica del Ártico, entra en una fase de planeamiento más áspera, donde la palabra clave no es “victoria”, sino “resiliencia”.