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La Mirada Crítica

Los límites de velocidad. Una gran paradoja

Vivimos en una sociedad en la que abundan las paradojas.

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La llamada sociedad de las prisas  no permite a las personas pararse un instante a pensar, desde lo más nimio a lo más trascendente o, peor aún, les anula mediante fórmulas que no por conocidas resultan menos sibilinas. Una sociedad donde la clave radica en conseguir cualquier cosa o alcanzar un objetivo en el menor tiempo posible. La velocidad es lo que importa.


Una gran paradoja Una gran paradoja

Manuel Reyes

Nos hemos instalado o, mejor dicho, nos han instalado en un sistema que día tras día  lucha por conseguir mayor rapidez en todo, desde navegar mucho más deprisa por internet a viajar en trenes de alta velocidad capaces de superar ampliamente los 300 km/h con total seguridad. Pretende reducir los tiempos a la hora de efectuar cualquier acción, trabajo, desplazamiento, actividad deportiva, etc.

Nadie se plantea a estas alturas que un avión comercial sea inseguro porque alcance velocidades de crucero de 950 km/h, con velocidades de despegue entorno a los 270 km/h. Razonamiento que tampoco admite dudas llevado al mundo del ferrocarril.

Ahora bien, con el automóvil lo expuesto no sirve. Surgieron los límites de velocidad en España con la crisis del petróleo de comienzos de los años 70. Llegaron para quedarse.

Con todo el elenco de tecnología que portan los modernos automóviles y una red viaria que, aunque mejorable, nada tiene que ver con las infraestructuras de la época del Seat 124, se imponen unas limitaciones de velocidad más bien acordes con la tecnología que portaba el citado Seat y las carreteras de su época. Resulta bastante evidente la persecución a que está sometido el automovilista, tanto por parte de la Dirección General de Tráfico (DGT) como por los ayuntamientos, en referencia a las sanciones por exceso de velocidad en carretera, autovía y autopista.

Sin embargo es de justicia reconocer que esta guerra emprendida hace ya muchos lustros contra la velocidad en los automóviles es moneda de pago corriente en casi todos los rincones del mundo civilizado, en todos los países, aunque haya excepciones. Una excepción es la modélica Alemania, que por añadidura saca pecho por los bajos niveles de siniestralidad que se dan en su red viaria.

Velocidad es sinónimo de progreso, también de riesgo. Si viajáramos a la velocidad máxima (15 km/h) del considerado precursor de los automóviles actuales, el triciclo de 1885 del entrañable doctor Karl Benz, a buen seguro no se produciría ninguna muerte en accidente de tráfico. Pero es más, la movilidad, el movimiento también conllevan riesgos. La persona que caminando tropieza, se cae y se rompe una pierna, si se hubiera quedado en casa sentada no se habría caído.

Un vehículo en manos de un conductor medio es más fácil de controlar a 120 km/h que a 160 km/h. Ahora bien, hecha esta aseveración, cabría preguntarse si los actuales límites de velocidad en autovía (120 km/h) no se han quedado un poco obsoletos. Porque también no deja de ser cierto que en los monótonos trazados de autovía se presta más atención y se baja menos la guardia circulando ligeramente por encima de los vigentes límites actuales.

Circular a los citados 120 km/h durante un trayecto largo en un trazado en perfectas condiciones y con buena visibilidad suele, a veces,  invitar a bajar la guardia, a confiarse excesivamente, a la monotonía y, lo que es peor, a la somnolencia.

En caso de incidente que conlleve inevitablemente a un accidente, a un choque, si se conduce plenamente concentrado,  el uso a tiempo de los frenos contribuirá a minimizar las consecuencias del impacto. Consecuencias más o menos graves que dependerán de la velocidad a la que se produce este impacto, no de la velocidad a la que se circulaba.

Aunque, como es lógico, haya una relación, y a mayor velocidad el vehículo tardará más tiempo en detenerse y recorrerá más espacio, teniendo en cuenta que un choque por encima de 60 km/h ya tiene trágicos resultados. Pero las consecuencias de muchos siniestros serían menos graves con una frenada enérgica y a tiempo, lo que requiere conducir siempre con todos los sentidos, con especial atención a todo lo que acontezca a nuestro alrededor.  Porque los actuales sistemas de frenado hacen auténticas maravillas.


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