Opinión

De la Liga Árabe a Metternich

Algunos informadores presentaron el hecho como una gran noticia: algo así como el surgimiento de una OTAN árabe. Otros la vieron como una alternativa al progresivo vacío que estaría dejando Washington en Oriente Medio, tras las retiradas de Irak y Afganistán o en las complejas circunstancias del actual estancamiento de negociaciones entre israelíes y palestinos o de la prolongación de las no menos complejas negociaciones con Irán. En cualquier caso, no son pocos los que interpretan la noticia, sobre todo en EEUU, como otro ejemplo del “liderazgo desde atrás” ejercido en la región por el presidente Obama. Para unos, son buenas noticias y para otros, no tan  buenas.

Pero en realidad la formación de una fuerza militar árabe tiene mucho de “diplomacia clásica” al estilo del siglo XIX. No encaja tanto en el concepto de ayuda mutua en caso de un ataque armado, como dice el art. 5 del tratado fundacional de la OTAN, entre otras cosas porque un conflicto interestatal es en nuestros días una posibilidad remota. Son historia lejana los conflictos entre Marruecos y Argelia (1963), entre Libia y Egipto (1977), e incluso la invasión de Kuwait por el Irak de Sadam Hussein en 1990. Los temores de los dirigentes árabes, reunidos en El Cairo, tienen ver más con amenazas internas que externas, y en el fondo representan una reacción a un Irán que ha extendido su influencia desde el Golfo Pérsico al Mediterráneo, en Irak, Siria y Líbano. Si además resulta que Teherán apoya la rebelión de los hutíes en Yemen, que comparten su mismo credo chií, un país como Arabia Saudí, que ha estrenado nuevo rey en la persona de Salmán, no dejará de sentirse rodeado geopolíticamente por los iraníes. Y los temores crecen cuando EEUU, el tradicional aliado de los saudíes desde hace 70 años, busca también algún tipo de acuerdo con Irán respecto a su programa nuclear. La amenaza del Estado Islámico (EI) pesa en los cálculos de Washington tanto como su desconfianza hacia algunos líderes suníes que ven en el EI, aunque sea su enemigo declarado, una especie de contrapeso a la influencia de Irán en la región. Los mutuos recelos contribuyen al mismo tiempo a debilitar la coalición internacional contra el EI, lo que explicaría los pocos avances decisivos sobre el terreno en estos últimos meses. No es extraño porque para algunos derrotar al EI es favorecer a Irán. No están dispuestos a consentirlo, y de este modo la geopolítica de Oriente Medio se torna más en una lucha sectaria entre suníes y chiíes que en una rivalidad hegemónica entre naciones.

La propuesta de la fuerza árabe conjunta es de Arabia Saudí, lo que no deja de ser sorprendente para quien conozca la historia de la Liga Árabe. Esta surgió en 1945 como consecuencia del nacionalismo árabe y de sus tesis panarabistas, de carácter laico y no islamista con indudables influencias de los nacionalismos europeos. Durante décadas, la Liga tenía en Israel el enemigo a abatir, y los regímenes “progresistas” de Argelia, Libia, Egipto, Siria e Irak se enfrentaban en el seno de la organización a las monarquías conservadoras, como la saudí, que eran aliadas de EEUU. Hoy el panorama político ha cambiado, y los saudíes adoptan una posición similar a la de Metternich y la Santa Alianza. En el Congreso de Viena (1815) se aprobó el principio de intervención para combatir a los movimientos nacionalistas y liberales. Esto suponía no respetar el principio de soberanía estatal, consagrado en la paz de Westfalia, en nombre de una supuesta solidaridad ideológica. Había que defender el sistema del Antiguo Régimen hasta sus últimas consecuencias, incluso con una intervención armada, tal y como se hizo en los reinos de Nápoles y de España. Pero esto también tenía sus límites, pues no todas las potencias de la época quisieron comprometerse en aventuras exteriores, especialmente Gran Bretaña. Del mismo modo, países árabes como Irak o Líbano, con importantes sectores de población chií, han expresado sus reticencias ante la formación de la fuerza militar de la Liga Árabe.

La iniciativa de la Liga difícilmente se traducirá en un mecanismo colectivo de seguridad permanente, similar al de otras organizaciones internacionales. Su propósito parece ser, por el contrario, la defensa de los regímenes árabes amenazados por el EI, o recelosos de los iraníes. Es el proyecto de un Metternich árabe, aunque con una visión de menor alcance.

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