Opinión

Defensa de la Transición por alguien que no la vivió

El abrazo, cuadro de Juan Genovés.
photo_camera 'El abrazo', cuadro de Juan Genovés.

“Dicen los viejos que en este país hubo una guerra / y hay dos Españas que guardan aún / el rencor de viejas deudas...”

Los primeros versos de ‘Libertad sin ira’ resumieron, en 1976, el principal problema pendiente que había dejado el franquismo a la muerte del dictador para poder construir una España que no fuera de una mitad contra la otra.

Los últimos combatientes de la última guerra civil de España ya no pueden ni jugar a la petanca. Como Germán y José (uno de ellos falleció justo hace unos días), los protagonistas del vídeo que difundió el Gobierno de Pedro Sánchez por el 40º aniversario de la Constitución.

Los que quedan recuerdan la Guerra y los años anteriores y posteriores a ella con la vergüenza de quien sabe que nunca tendría que haberse llegado a esa situación: españoles matando a sus hermanos, a sus tíos, a sus primos, a sus vecinos, por unas supuestas ideas.

Ellos también saben que esa España no se parece en nada a la de hoy. No creo que muchos miren el pasado de 1936 o de 1939 con nostalgia. Y estoy convencido de que casi ninguno de quienes vivieron y combatieron en ese infierno miraría ahora con odio y rencor a su Germán o a su José, a su hermano de la trinchera de enfrente.

Germán y José, y todos los millones de ‘germanes’ y ‘josés’, de rojos y azules, de diestros y zurdos, firmaron hace cuarenta años un pacto. El resumen rápido de ese pacto es “nunca más”. La plasmación jurídica de aquel pacto fue la Constitución actual, votada en referéndum el 6 de diciembre de 1978.

Se oyen voces (ahora más elevadas, más chillonas en ocasiones) contra esta Constitución. Son respetables. Toda obra de hombres es perfectible, y después de cuarenta años hasta a los edificios mejor construidos les aparecen grietas en los muros e incluso en los cimientos.

Me parecen menos respetables quienes critican no el resultado del pacto -la Constitución- como el pacto en sí mismo. Por lo que parece, les provoca rechazo que Germán y José se dieran la mano. Consideran que el soldado republicano nunca tendría que haberse puesto a la altura del nacional, por la mancha del golpismo y de 40 años de dictadura y represión de la que este último no se podrá librar nunca.

Ni olvido ni perdón, supongo que es su lema. Para qué reconciliación, pudiendo ganar en diferido la guerra que habían perdido. Para qué “paz, piedad, perdón”, pudiendo cebar con el odio del pasado las guerras partidistas del presente.

Son los más ruidosos, sí, pero estoy convencido de que son los menos. Los más, de forma más o menos consciente, nos reconocemos en esa Constitución cuarentona que sigue siendo bella aunque le hayan salida arrugas y en algún chequeo reciente le hayan dado algún susto.

Pero, sobre todo, nos reconocemos en el pacto que gestó ese texto, esa ley. Nos reconocemos, me reconozco como ciudadano español, en ‘El abrazo’ de Genovés, en el 6 de diciembre, en la letra y en la música de ‘Libertad sin ira’ de Jarcha.

Nos reconocemos y reivindicamos, cuarenta años después, el epitafio de la lápida de Adolfo Suárez en la catedral de Ávila: “La concordia fue posible”. Que siga siéndolo por muchos años.

Firmado: alguien que nació doce años después de aquel otoño de 1978

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