Opinión

Las lenguas como lazos y no como barreras

Manifestación en Barcelona contra la independencia.
photo_camera Manifestación en Barcelona contra la independencia.

“Una idea a la que seguramente aún no le ha llegado su tiempo”. Así cierra su libro ‘Por una Ley de Lenguas’ Mercè Vilarrubias.

¿Qué idea? La de que España tiene pendiente una revolución muy necesaria: acabar con la situación de conflicto por las lenguas y conseguir cambiar a un país que acepte mejor su riqueza lingüística y que, sobre todo, garantice mejor los derechos fundamentales de los ciudadanos.

Rosa Díez, cuando era la voz solitaria de UPyD que clamaba en el desierto del Congreso durante el zapaterismo, dejó en el Diario de Sesiones una sentencia que debería estar esculpida: “Las lenguas no tienen derechos. Son los ciudadanos los que tienen derechos”.

Igual nunca le llegue su tiempo a la idea de construir un estado plurilingüe. Yo me convertí a esta fé tan lógica, que pide más integración y más derechos en algo que desgraciadamente sí divide y rompe España, y que está en el fondo del secesionismo: la gestión del hecho -los hechos no se cuestionan, se gestionan- de la existencia de varias lenguas en España.

Como destaca Vilarrubias en su libro, a los partidos políticos el asunto no les quita el sueño. Unos piden aumentar el uso del castellano ante la vulneración de derechos por gobiernos nacionalistas; otros sólo hablan de extender y potenciar las lenguas cooficiales a las que tratan como si fueran linces ibéricos en peligro de extinción.

En medio de la indiferencia, del “agua-a-su-molinismo” y de la cobardía, unos pocos quijotes están tratando, primero, de plantear esta batalla y después de ganarla. Además de Vilarrubias, destacan Juan Claudio de Ramón (que escribe el prólogo y tiene enormes discursos y artículos sobre el tema), y Josep Ramón Bosch, Joaquim Coll, Rafael Arenas y algunos otros fundadores y miembros de Societat Civil Catalana.

Se puede seguir sin hacer nada, y nada se resolverá. Los niños catalanes no tendrán el derecho a estudiar en castellano, y muchos hablantes del euskera seguirán sintiendo que España y el Estado no asumen, protegen, amparan, valoran su lengua, por lo que seguirán pensando que sólo un estado vasco (o uno catalán, o gallego...) lo hará.

Se puede mantener la vulneración de derechos y la patrimonialización de las lenguas, o se puede asumir el reto de aprovechar la crisis secesionista para afrontar la necesidad de alcanzar un país más orgulloso de sus lenguas.

Yo, madrileño de padres castellanos, monolingüe, quiero que mi España sea la España de los hablantes de todas nuestras lenguas.

Para conseguirlo, las propuestas del libro ‘Por una Ley de Lenguas’ son buenísimas ideas, los pilares sobre los que construir esa España.

Ya sólo faltan políticos que sean valientes para salirse del carril de siempre y para pensar en soluciones, en el terreno simbólico, afectivo, que también es político, con el objetivo de que España siga siendo (en expresión, brillantísima, de Cayetana Álvarez de Toledo) “una voluntad, ciertamente empecinada, de vivir juntos los distintos”.

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