Opinión

Conflictos vecinales como alarma

Bloque de viviendas.
photo_camera Bloque de viviendas.

La convivencia – alguno puede preferir llamarla coexistencia, para destacar que es un mero hecho físico – entre vecinos no es fácil. Requiere respeto recíproco, incluye derechos y deberes.

Es muy frecuente vivir molestias o conflictos vecinales en carne propia, o escucharlas de otros. Probablemente, los administradores de fincas son los que más saben, por su trabajo, que requiere una buena dosis de paciencia.

No me atrevo a afirmar que van en aumento las quejas hacia los vecinos. Sin embargo, me llegan noticias de hechos preocupantes, que pueden ser la punta de un iceberg, y no sólo por hechos sucedidos en verano, que en apartamentos de lugares turísticos u otros recintos parece que afloran con más facilidad, por ruidos, conductas anticívicas, portazos, entradas y salidas a horas intempestivas, o por celebraciones a altas horas de la madrugada.

Pienso que hay síntomas de una sociedad en que va prevaleciendo una comodidad egoísta, resumida en el consabido “en mi casa hago lo que quiero”, sin pensar en los demás, junto a una falta de comprensión ante incomodidades vecinales que ocasionan bebés y personas mayores enfermas, que requieren un poco de corazón y humanidad.

Un botón de muestra es lo que acaba de suceder en una capital de provincia el 1 de septiembre. Por segunda vez, alguien ha colocado una sustancia blanca – pintura o silicona – en la cerradura de una persona que vive sola, enferma de alzheimer e incapacitada, que no puede moverse por sus medios, ayudada en tareas domésticas, con permanente asistencia médica y de los Servicios Sociales. Lo ha hecho alguien cruel: en dos días festivos, cuando no había nadie en la casa o que pudiera oponerle resistencia, y sólo en ese piso ha vertido tal sustancia.

Por las circunstancias en que se ha producido, no tiene otra explicación que una acción de un vecino harto de las molestias, que ha decidido asustar y dañar a la persona enferma. Se ha denunciado a la Policía Nacional, que lo está investigando.

En ciertos grados del alzheimer el enfermo tiene descontroles, grita ante circunstancias imprevisibles, como fruto de un sufrimiento que es difícil comprender en profundidad a quien no lo padece. Los que hemos vivido con enfermos de alzheimer en ese grado sabemos que es duro para quienes conviven o tratan a ese enfermo, pero nunca había oído que algún vecino pusiera pintura o silicona en la cerradura y en el timbre, teniendo que llamar a un profesional en ambas ocasiones para acceder a la vivienda o evitar que se solidificara y evitar desgracias mayores.

Otro botón de muestra: una familia que ha tenido que cambiar de vivienda porque el bebé molestaba a varios vecinos, respondían de mala manera, negaban el saludo. Llegaron a decir que la solución es que se fueran a vivir a otro lugar. Ocurrieron cosas desagradables en ese inmueble, y la familia optó por irse a vivir a otro sitio.

Si la calidad de una sociedad se mide por cómo trata a niños y enfermos, tenemos que analizar lo que está pasando. Si molestan los enfermos y los niños, es que estamos ante una sociedad enferma.

Pueden deberse, también, estas líneas a un hecho que me tocó vivir hace años, durante mucho tiempo, y que sólo con denuncias logré arreglar: yo vivía en un primer piso, y justo debajo había un pub que no respetaba ni horarios ni decibelios, por no mencionar actividades ilegales y delictivas que allí se llevaban a cabo. Me costó ¡tres años! Luego, el resto de los vecinos me lo agradecieron, claro. Puedo tener secuelas.

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