Opinión

Elecciones: No, pero sí

Elecciones.
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Nadie quería elecciones. Todos consideraban que era un fracaso de la clase política y algo negativo para nuestra democracia y los más, pensaban que eran malas para la marcha general de España pero, entre unos y otros, consiguieron volver a poner las urnas.

Cuentan de un candidato que en plena campaña electoral daba su mitin en una pequeña localidad. En primera fila, un lugareño, en cada pausa del orador, se levantaba y gritaba:

-¿Quiés controversia? ¿Quiés controversia?

El candidato, que se había venido arriba ante los aplausos de los asistentes, al final accede a la controversia. El lugareño se pone en pie y le espeta:

-¡Ladrón!

Y se marcha.

Esa es la España dialogante de esta campaña que acabamos de vivir –una campaña llena de insultos, de descalificaciones, de alusiones personales y de reproches cruzados entre los candidatos, con muy pocas propuestas positivas y con muy poca atención a los problemas reales de los ciudadanos- y en la que lo de menos ha sido tener que repetir las elecciones por muy frustrados que se sientan los votantes.

 Nadie quería elecciones. Todos consideraban que era un fracaso de la clase política, algo negativo para nuestra democracia y los más, pensaban que eran malas para la marcha general de España pero, entre unos y otros, consiguieron poner las urnas.

Lo peor no ha sido tener que volver a votar, lo peor ha sido la precampaña, la campaña, la recampaña y la postcampaña.

Ahora que tanto se especula con la reforma de la Constitución, podría aprovecharse la oportunidad y retocar algunos puntos de la Ley Electoral. A saber:

Suprimir los mítines o al menos los aplausos de los candidatos desde el estrado. Aplausos de foca tonta que no se sabe ni por qué ni para qué aplaude.

Suprimir la encuestas, y los sondeos y evitar a quienes los explican con aquello de “los sondeos son solamente una fotografía del momento y la verdadera encuesta es la de las urnas” y no digamos nada del tedio que causan cuando explican la ley D´Hont

Eliminar los debates electorales en las televisiones  -que solamente sirven para que los informativos abran con la “noticia” de la colocación de los atriles y del orden de llegada de los candidatos y dediquen minutos y más minutos a las imágenes de los carpinteros martilleando en los decorados-sustituyéndolos por reposiciones de series antiguas, como Perry Mason o La Casa de la Pradera que, puestos a conocer el final, son mucho más amenas que las discusiones entre políticos.

Abolir las noches electorales para no tener que escuchar durante horas interminables eso de que “la noche va a ser larga”, lo de las horquillas del número de escaños, la euforia o el silencio de las sedes de los partidos o las opiniones de analistas y politólogos (ahora tan de  moda) que siempre dicen lo mismo, cansinos ellos.

Y es fundamental ampliar la jornada de reflexión. Una jornada que durara la precampaña, la campaña, la recampaña y la postcampaña. Todos callados.

Y todo esto tendría su premio. Al partido y a los candidatos que no hablaran de las encuestas, que no dieran mítines ni entrevistas, que no hicieran declaraciones en la noche electoral y que estuvieran lo más callados y tapados posible, o que solamente hablaran de cosas interesantes e importantes, se les premiaría -una vez realizado el escrutinio- con varios escaños que sumar a los que hubieran conseguido en Congreso y Senado.

Y todo en aras de la salud mental de la ciudadanía.

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