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Denuncias de los lectores

Las hijas perdidas. Soy padre y me siento impotente al ver cómo los asesinos de Sandra Palo, Mari Luz Cortés o Marta del Castillo se cachondean de la justicia

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De Osa de la Vega (Cuenca) a Alcalá de Guadaira (Sevilla), pasando por Alcacer, La Moraleja, Villalón de Campos, Alcorcón y Huelva.

José María Grimaldos, apodado «El Cepa», desapareció en 1910, fue visto por última vez en la carretera que une Osa de la Vega con Tresjuncos, en la provincia de Cuenca. Así comenzó la que fuera una de las historias más negras de la criminalística española de los últimos siglos, todo lo demás es de sobra conocido, pues no lo mostró magistralmente la recordada directora de cine Pilar Miró.

De entonces a ahora han ocurrido casos parecidos, atroces, y siempre oímos la misma cantinela, que las declaraciones, contradicciones, las pruebas y el estado de derecho y los derechos y la presunción de inocencia de los inculpados en los distintos y escabrosos asuntos que refiero.

No voy a desdecir yo aquí ni mucho menos la pretensión del pueblo y la legitimidad del estado de derecho, ni la presunción de inocencia, que suponen una garantía inequívoca de que casos como el de José María Grimaldos no se produzcan más, eso sí supone una barbaridad de pueblos sin civilizar. Pero si puedo decir porque es mi opinión, que nadie absolutamente nadie en el mundo puede ampararse en eso para cercenar el derechos de los demás siquiera a ser “enterrados cristianamente” (léase como expresión generalizada), daría lo mismo que fuera por el rito musulmán, judío, baptista o el que fuera, y conseguir con ello, la paz y el descanso para los desgraciados familiares.

Cuando personas de la calaña de los “jovencitos” que cometen las tropelías que todos conocemos, hace lo que está haciendo ahora el de Sevilla, no están haciendo, otra cosa que reinventar un nuevo tipo delictivo, que no es otro que el cachondearse de la justicia, de la manera más cruel y sanguinaria que se puede imaginar, o nadie en este país se ha parado a pensar cómo se sentiría si tuviera que buscar el cadáver de una hija por un rio enorme y luego por un muladar, también enorme, durante un mes.

Yo he llorado muchas veces en mi vida, ahora que estoy en la línea de la madurez, no me importa reconocerlo, incluso, me enorgullece hacerlo, y lo he hecho por muchas cosas, pero nunca como cuando veía a los padres de las tres niñas de Alcacer, en el programa de tv, que nos bombardeaba a diario con el tema, nunca como cuando veía las fotos en tv de Anabel Segura, y sobre todo, como cuando viví bastante de cerca el caso de Olga Sangrador, o cuando me enteré del asunto de Sandra Palo o de el de Mari Luz Cortés. Y lloraba de impotencia, de saber que los malhechores que habían dado protagonismo social a todas ellas de forma involuntaria, nunca pagarían lo bastante caro sus delitos. Me podía y me puede ver a la madre de Sandra, con su impotencia, que siento muy como mía, lo puedo asegurar, destrozada y desesperada, porque uno de los asesinos de su hija salía en libertad tras “ocho largos años en un centro de menores”, creo sin lugar a equivocarme, que no fui el único al que se erizó el rictus, o el corazón.

Bien es cierto que el estado de derecho exige entre sus garantías para los criminales, la imposición de penas privativas de libertad determinadas en tiempo y forma, eso no lo dudo ni lo cuestiono, pero lo que si cuestiono es que no se haga nada por cambiar las cosas.

Hace algunos años, cayó en mis manos una obra de Tomás y Valiente, que leí con avidez, en la cual el llorado profesor constataba como en la historia punitiva española, cuando la jurisdicción penal era interferida por el Tribunal de la Inquisición, uno de los elementos más importantes de la instrucción sumarial de los asuntos jurídico-penales, era el tormento para conseguir la confesión del reo, pero no se asuste nadie que no propongo nada parecido para el esclarecimiento de los hechos, en aquel tiempo además otra figura era esencial para ello, los jueces de villa y corte, que eran nombrados a veces por el Rey, ad hoc, para el esclarecimiento de delitos en lugares distantes del reino, y claro se daba la circunstancia de que estos señores cobraban, a escandallo, un tercio del total, es decir, un delito resuelto se pagaba, la mayor parte de las veces con la horca o garrote vil, pero la fortuna del reo se repartía en tres partes, una para el Rey, otra para el juez de villa y corte y la otra para reparación a las víctimas y familiares, con lo cual el “reo confeso”, cuando la cosa no estaba muy clara, muchas veces fue algún hacendado del lugar.

En otra época anterior, las cosas se hacían de otra manera, véase si no cómo lo expone Foucault en su famosa ejecución sobre Robert Damiens.

Pero ahora las cosas son bien distintas, y tanto, se producen procesos largos y costosos, muy costosos en medios, recursos y sobre todo en dolor, mucho dolor y sangre inocente, las familias de las víctimas acaban desestructurándose, y perdiendo su identidad, en el caso de Villalón de Campos, al menos es así, y pensemos por un momento, la cantidad ingente de dinero que se lleva gastada en la búsqueda de la chica Marta del Castillo, que vaya por delante que lo que haga falta ¡faltaría más!, pero me supera que el señorito Carcaño y sus cómplices haciendo eso de esa nueva forma de delinquir que he dicho al principio, la de cachondearse de la justicia, estén escudándose en no sé que para seguir sin decir el paradero del cadáver, y con ello ocultar pruebas al tribunal, a la sociedad, y con ello a lo mejor mitigar la virtual pena a imponer.

Soy padre, como muchos hombres en este país, y como hay muchas madres, y pienso y lo digo, que sé algunas maneras de que este jovencito y sus cómplices, dijeran donde está el cadáver de Marta, y lo digo aún a riesgo de parecer cualquier cosa, tal me trae, que si parezco un facha, una persona de poco talante democrático, o a lo mejor más salvaje que ellos, pero estoy seguro de que muchos como yo, acabarían arrancando la verdad de estos individuos, aún a riesgo de acabar con ojeras propias y callos en las manos. Al paso que van estas cosas en España, poco dista de que esto parezca Ciudad Juárez, luego la sociedad se lava la conciencia diciendo y exigiendo que cumplan las penas de cárcel integras ¿sabrá mucha gente como se cumple esa pena en este país?

Lo que está claro es que la pena no parece cumplir con su objetivo de prevención especial, cualquier criminal sabe que puestos a cometer asesinatos solo se paga pena por los dos primeros, a partir del tercero sale gratis por la limitación del tiempo de permanencia en prisión, haciendo bueno aquello de que “de la cárcel se sale, del cementerio no”.

“Quia Peccatum est, ne peccetur”

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