Opinión

Lecturas, como faros en galerna

En el Cantábrico, el mar, a menudo puede pasar de la calma a la tempestad en poco tiempo. Allí, los faros han marcado el camino para los marinos, han sido referencia segura de la ansiada costa.

Es muy conocida la belleza de los faros, por su peculiaridad en la construcción y por estar siempre sobre las mejores atalayas, siempre en lugares de vértigo. Ahora, los nuevos avances en orientación por satélite cuestionan el protagonismo del faro en la navegación costera, pero muchos quedan todavía activos, por ejemplo: los de Iguer, Igueldo y Matxitxako en el País Vasco; La Magadalena y Mouro en Cantabria; Llanes, Lastres, Peñas, Vidio y Luarca en Asturias; o Isla Pancha y Estaca de Bares en Galicia.

De igual manera, como los faros en el Cantábrico, que son más que vida, los buenos libros, también esos largos de leer, de lectura reposada como el buen vino, nos nutren y marcan rutas y buenos puertos. Leer en tiempo de descanso es afición imprescindible, ocasión especialmente preciosa para los que nos movemos y trabajamos a golpe de email o de wasap.

Pero, ¿qué leer? Cada uno lo sabe bien, aunque no olvidemos el reencuentro, con nueva perspectiva, con Shakespeare, Tolstoi, Calderón, Baroja... ¿Y durante el año? ¡También! Libros como faros en galerna, uno al mes, ¡para no perder ni nortes, ni barcos, ni vida, ni años, sino ganarlos!

Sí, déjenme decirles que la buena lectura nos va a ayudar a escribir mejor la vida, a comprender siempre y a explicarnos mejor. Hemos de aprender a reescribirnos, a renovarnos, y dar golpes seguros de timón si fuera preciso. Y ahí tenemos La Odisea, de Homero; Las Confesiones, de San Agustín; Crimen y Castigo de Dostoiewski; o El hombre en busca de sentido, de Víktor Frankl.

Es cuestión de querer encenderse uno y tener luz propia, muy cerca de los demás, salir de negros sinsentidos, renunciar a puertos de sueños imposibles. Tal vez la inspiración esté en algo más que leer, en algo más que pensar. Sí, vendrá en el vivir abiertos al mundo, con los sentidos y el alma toda, esa será la base de la buena escritura de cada uno. No podemos ser meros imitadores o cuentistas de experiencias prefabricadas. Un Cervantes sin sus prisiones, en Argel o en Sevilla, sin sus heridas en Lepanto, o sin la crisis barroca de Felipe III, no habría escrito ningún Quijote. Pues, ea, ¿quién se atreve?

Ahora estamos, en cierta forma, en una "sociedad embotellada", como diría Vargas Llosa. Necesitamos superarnos leyendo y releyendo la vida, para desembozarnos todos de tanta mentira cainita, de tanto orgullo ignorante.

No nos conformemos con que alguien nos dé unas cómodas coordenadas. Vamos a estar alerta, no olvidemos levantar la vista, vamos a tener la libérrima capacidad de mirar con paciencia, de encontrar faros preciosos, seguros y esperanzadores, incluso en los mares más picados, incluso frente a las costas más agrestes, incluso en las noches más oscuras.

 
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