Opinión

Puerta de Atocha: a peor

Era muy difícil superar la incomodidad, los inconvenientes y el desprecio al viajero de la T-4 de Barajas. No es que la estación ferroviaria de Atocha supere a Barajas, pero le anda muy cerca.

Si alguien ha pensado que estamos hablando de una estación ferroviaria diseñada y organizada para viajeros y quienes les despiden o les esperan se equivocará de medio a medio. La estación Puerta de Atocha es pura y simplemente una parada de taxis, de muchísimos taxis.

Ya desde el centro de la plaza los taxis de apilan en filas de hasta seis en fondo en espera de los viajeros. Entrar o salir en coche particular del recinto es prácticamente imposible ante la maraña de taxis que se forma. Si alguien pretende parar su coche dos minutos para que se apee su acompañante, recoja su equipaje y se adentre en la estación lo tiene imposible.

Si lo que se pretende es una parada fugaz para recoger a quien llega, introducir su maleta en el coche y arrancar no tiene dónde hacerlo. Una estación de viajeros concebida para los taxis y para que una parada de dos minutos obligue a utilizar un aparcamiento cutre y sin apenas señalización al que tampoco es fácil acceder.

Pero lo peor viene con las mejoras. Antes, mal que bien, se entraba y se salía por la misma zona y el que más y el que menos se las apañaba. Hace unas semanas –todo es ’empeorable’ se ha inaugurado solemnemente un recinto dedicado a las llegadas que, si por fuera sufre la invasión de los taxis, por dentro no tiene nada que envidiar a las incomodidades, ya aludidas, de la T-4.

Todo muy moderno. Cintas rodantes, escaleras mecánicas, señalética –esa memez que ahora se lleva tanto- de diseño y policromática, etc. Pero lo cierto es que salir desde el tren hasta la calle es toda una odisea tanto en el aspecto físico, andar y andar, como en el psíquico al producirse una cierta desesperanza de llegar a la meta que es la calle.

Y una vez al aire libre hay que echar mano al móvil para averiguar dónde se encuentra quien –inocente él- ha venido a esperarnos con coche particular. Eso sí, como no podía ser menos, la señalética que nos conduce a la parada de la multitud de taxis que esperan es perfecta.

Lo dicho, una pesadilla de estación. ¡Qué lejos quedan aquellos versos de Rafael de León cantando a la ‘niña de la estación’ que esperaba día tras día al ambulante de Correos que nunca llegaba y que se sentaba en un banco a leer versos de Bécquer o Campoamor!

Y lo peor está aún por llegar. Ya verán como a alguien se le ocurre poner rampas rodantes y señalética en la Cuesta de Moyano. Y si no, al tiempo.

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