Opinión

Retirarse a tiempo

Un artículo con el título que encabeza este comentario costó, en pleno franquismo, el cierre y posterior voladura del diario ‘Madrid’ y más de un disgusto a sus mentores y propietarios, entre ellos Rafael Calvo Serer.

Eran otros tiempos y aunque el autor se refería expresamente al general De Gaulle, todo el mundo interpretó que la referencia tácita era para el general Franco, que se eternizaba en el poder.

Y es que, para un político o similar, retirarse a tiempo o por mejor decir, saber retirarse, no debe de ser nada fácil a juzgar por los episodios que estamos viviendo en las últimas semanas.

El político debe saber que el serlo, no es ni puede ser una profesión y mucho menos algo vitalicio. Un político debe empezar a contar los días que le quedan para abandonar el cargo en el mismo instante de la toma de posesión y un político debe mantener, salvo en casos muy concretos, la boca lo más cerrada posible.

Además de las intervenciones cada vez más frecuentes de los dos ex presidentes de Gobierno que se mantienen en activo, hemos de soportar malos modos o poco estilo en las despedidas. Con independencia de las razones, ni Álvarez Cascos, ni Antonio Asunción ni -mucho menos- María Emilia Casas, están haciendo gala de esa prudencia que se supone en los que han ejercido un cargo y saben por eso, mejor que nadie, las dificultades que ha de arrostrar quien ahora se sienta en la poltrona en la que ellos estuvieron instalados.

Tanto Felipe González como José María Aznar, un día sí y otro también, lanzan sus opiniones en forma de ‘pullas’ más o menos ingeniosas que, además, suelen ir dirigidas a los de su propia cuerda.

Por su parte, el discurso de María Emilia Casas en su despedida de la presidencia del Tribunal Constitucional ha sido de bochorno propio y ajeno.

Las actuaciones de Álvarez Cascos y de Antonio Asunción, cada uno en su estilo y con más o menos razón, van en la línea de no resignarse a dar por finalizada una vida pública.

Lo cierto es que casi siempre se queda mal e incluso, al contrario de lo que dice Felipe González, no sólo se olvidan las cosas malas sino que también se pierden en la memoria las buenas.

Es decir,  la imagen del político que no sabe marcharse en tiempo y forma, siempre sale mal parada.

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