Opinión

Por la boca… ¿Añoranza del bipartidismo?

Pedro Sánchez, Manuel Campo Vidal y Mariano Rajoy.
photo_camera Pedro Sánchez, Manuel Campo Vidal y Mariano Rajoy.

Ni Ciudadanos ni, por descontado, Podemos y Vox desde sus respectivos extremismos, están aportando nada especial ni nada inédito a la vida política española y, lo que es peor, dificultan una trayectoria democrática sana y normal.

A la vista de lo que está ocurriendo en la política española, es inevitable que muchos ciudadanos y hasta muchos políticos, añoren el bipartidismo. Es muy difícil defender la utilidad de una serie de partidos que, en opinión de muchos, no plantean ni ideas ni intereses tan distintos de los de los dos partidos hegemónicos y además, promesas aparte, aportan poco a la política en general.

Tras la aparición de Podemos y de Ciudadanos e incluso antes de que se sustanciaran sus primeros resultados electorales, los dirigentes de ambas formaciones se apresuraron a anunciar la muerte del bipartidismo, anuncio que, por supuesto, favorecía, y sigue favoreciendo, sus intereses.

La coincidencia de las desavenencias, incluso personales, de Rajoy y Sánchez y la aventura del socialista con su práctica expulsión y vuelta triunfal a su propio partido - triunfo que se sustanció en la moción de censura- otorgaron carta de naturaleza al requiem por el modus vivendi que, desde la llegada de la democracia, había presidido nuestra vida política.

Pero los hechos son tozudos y en estas circunstancias de pactos, más que raros, en ayuntamientos, autonomías y hasta en el Gobierno de España, es difícil encontrar bondades en el pluripartidismo.

Si los partidos surgidos hubieran traído aires nuevos y formas distintas a nuestra vida pública, posiblemente las conclusiones hubieran sido otras, pero eso no ha sucedido ni siquiera con la victoria de Ciudadanos en las elecciones catalanas.

Ni Ciudadanos ni, por descontado, Podemos y Vox, desde sus respectivos extremismos, están aportando nada especial ni nada inédito a la vida política española y, lo que es peor, dificultan una trayectoria democrática sana y normal.

Pero además de todo lo anterior, el bipartidismo no ha desparecido por cuanto siguen siendo el Partido Popular y el Partido Socialista las dos grandes formaciones con las que -salvo las excepciones nada felices que suponen los nacionalismos- hay que contar siempre. Los otros, incordiando más o incordiando menos, son puros comparsas, complementos o apéndices, que sirven para sumar y pactar, pero que en ningún caso tienen posibilidades decisorias importantes.

Quienes en defensa de su intereses partidistas y hasta personales, se llenan la boca hablando de las ventajas del pluripartidismo y de lo positivo que es tener que pactar para gobernar, olvidan -seguro que con toda intención- que el hecho incuestionable de que -en tiempos y circunstancias concretas- no se consigan mayorías absolutas, no quiere decir que los grandes partidos, socialistas y populares, hayan dejado de serlo y de que por ellos no pase, inexorablemente, el quehacer político.

El hartazgo de la población con la política, con los partidos y con los políticos y la desafección que tantos temen, no se debe a los grandes partidos -aun contando con sus problemas y con la “impresentabilidad” de muchos de sus dirigentes. Esa situación se debe a la inconsistencia de los que engrosan las filas del pluripartidismo, incluida, por supuesto, la “impresentabilidad”, en este caso, de la mayor parte de su dirigentes.

O sea que a lo mejor con el bipartidismo vivíamos mejor.

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