Opinión

Por la boca… Los árboles de Sánchez no dejan ver el bosque del Presidente

Pedro Sánchez, en un acto en París.
photo_camera Pedro Sánchez, en un acto en París.

Pedro Sánchez ha perdido la vergüenza política. Ya nada le sonroja y pasa olímpicamente de los sofocos que debería producirle la gestión del presidente del Gobierno.

Ha sido Carmen Calvo la que nos ha ilustrado sobre la diferencia sustancial que hay entre Pedro Sánchez y el presidente del Gobierno. Son dos personajes distintos. Y lleva razón. En lo único que se parecen es en el desahogo que ambos tienen, para no sonrojarse ni abochornarse por lo que dijo uno y por lo que hace el otro.

Pedro Sánchez ha perdido la vergüenza política, ya nada le sonroja y pasa olímpicamente de críticas que deberían sofocarle y de hemerotecas que le puedan dejar en cueros como hombre público.

Que Pedro Sánchez agranda por momentos sus tragaderas ante las críticas, lo demuestra su evolución ante los desmanes de muchos de sus ministros. A Maxim Huerta se le cesó en apenas veinticuatro horas de conocidos sus presuntos manejos con Hacienda o a Montón se la despidió por irregularidades académicas, mientras que a Nadia Calviño -por boca de la ministra Portavoz- se le otorgan todos los honores para seguir sentándose en la mesa del Consejo de Ministros. En medio, Celaá con sus propiedades inmobiliarias, Montero o Delgado, todos bajo sospecha, sin que al Presidente se le mueva el músculo de las despedidas, apenas unos días después de sus arrebatos de dignidad.

Y, como la gravedad de las supuestas irregularidades sigue siendo grave, hay que suponer que el baremo del sonrojo de Sánchez ha bajado bastante.

Pero habría que ir dejando a un lado lo que son sucedidos de un político que miente, de un dirigente que solamente busca su permanencia en el poder y de un gobernante sin rumbo, para fijarnos en el Presidente que está llevando a España al abismo económico y social y poniendo en peligro su unidad y su paz ciudadana. Porque lo grave ya no es su apego al poder, su desprecio por el Parlamento o su desfachatez a la hora de anunciar decretos; lo grave es una nación sin presupuestos, un país sin dirigentes creíbles y un gobierno beodo en su gestión, soberbio en su talante e ineficaz en sus decisiones.

Los árboles de las mentiras, de las soberbias de los incumplimientos, de los engaños y de las apariencias de progreso y normalidad, no dejan ver el bosque de una gestión estólida que no comprende los graves problemas que tiene España y que no discurre una solución medianamente ajustada a la realidad.

Con presupuestos o sin ellos, el fin no se ve próximo ni el remedio inmediato. El problema no es el gobierno de Sánchez, el problema es que España está sin gobierno.

Urkullu -aprovechategui profesional- ya se lo dijo a Torra, con refranes castellanos para que lo entendiera: más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer o a dónde vas a ir que encuentres, en La Moncloa, un chollo como este.

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