Opinión

Por la boca… Más de autonomías

Un argumento recurrente cuando se habla de crisis, de gasto excesivo o de problemas de España, en general, es el que se refiere a las autonomías. Desde el principio de nuestra democracia el llamado estado de las Autonomías es un sistema, cuando menos, controvertido y aun teniendo defensores y detractores, siempre está en el punto de mira de quienes van desde su desaparición hasta las propuestas de derivar el sistema hacia un federalismo.

Pero además de la duplicidad de cargos y funciones, de la caterva de despachos o de coches oficiales, de los follones que periódicamente se arman por temas de protocolo o de colocación de banderas, del morbo de la asistencia o de la ausencia de sus presidentes a actos oficiales de los denominados ‘centralistas’, en los últimos tiempos, se está produciendo un fenómeno que no deja de tener su gravedad y al que habría que prestarle más atención.
Se trata de las disidencias de los grandes partidos o, por mejor decir, de los problemas que las ‘derivaciones autonómicas’ de los grandes partidos están generando de cara a las centrales de Madrid.

Tanto el Partido Socialista como el Partido Popular tienen sus quebraderos de cabeza, ya sea en Andalucía, en Cataluña, en Navarra, en el País Vasco o en Extremadura.

Los llamados barones, estén o no en el poder autonómico, se afanan por defender su libertad de movimientos frente a Madrid, entre otras razones porque siempre es un arma electoral. El ‘aquí mandamos nosotros y no Madrid’ está a la orden del día y tienen las manos algo atadas a los dirigentes nacionales. Incluso en algunas situaciones se ha llegado a ‘prohibir’ la presencia de dirigentes nacionales en campañas electorales de las autonomías.

El caso más reciente es Navarra y, hasta ahora nadie -salvo unas tímidas declaraciones de dirigentes del Partido Socialista- ha dicho nada ante la posibilidad de que los socialistas navarros se aglutinen con grupos ‘proetarras’ para desbancar a la actual presidenta de la Comunidad Foral.

Pero los casos de Monago en Extremadura, de Pere Navarro en Cataluña o de Susana Díaz en Andalucía son un buen índice de lo que ocurre.

La situación, incómoda para todos, no deja de ser preocupante para los ciudadanos que, en muchos casos, no saben a qué atenerse.

Ni PSOE ni PP están en condiciones de permitirse ciertos lujos, por más que las autonomías reclamen su derecho a decidir sin Ferraz o sin Génova.

Quizás el ejemplo más sangrante sea el de la corrupción, sangría que todos sufren y que se ven incapaces de parar.

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