Opinión

Por la boca… En el día de hoy, cautivo y desarmado el coronavirus… Sánchez, primer año triunfal

Pedro Sánchez comparece en el Palacio de la Moncloa (Foto: Pool Moncloa / Borja Puig de la Bellacasa).
photo_camera Pedro Sánchez comparece en el Palacio de la Moncloa (Foto: Pool Moncloa / Borja Puig de la Bellacasa).

Toda la homilía quedó en la nada ante las autoalabanzas a “mi persona”, a un gobernante que, como nadie en la historia de España, ha salvado medio millón de vidas y ha celebrado “tantasavas” conferencias con los presidentes autonómicos.

La última homilía de Sánchez (aunque nunca hay que echar las campanas al vuelo) fue una mezcla infecta de parte de guerra, de triunfalismo y de agradecimientos inanes por repetitivos. 

Claro que hubo lagunas, como la de no felicitar a Adriana Lastra por sus inconmensurables intervenciones parlamentarias, o a Marlaska por la irreprochable gestión en la reorganización de la Guardia Civil, o a Iglesias por su eficacísima gestión en las residencias de ancianos… y, por supuesto, a Illa y a Simón, aunque ambos merecen capítulo aparte a la hora de las felicitaciones y parabienes. 

Pero es que todo quedó en la nada ante las autoalabanzas a “mi persona”, a un gobernante que, como nadie en la historia de España, ha salvado medio millón de vidas y ha celebrado “tantasavas” conferencias con los presidentes autonómicos. Tardaremos generaciones en apreciar lo que ha supuesto la gestión de Sánchez en la pandemia y, aun así, nunca le agradeceremos bastante. 

Porque ante medio millón de vidas salvadas enmudece cualquiera y cualquiera olvida los “flecos” de toda acción de gobierno. Y es que tras medio millón de vidas salvadas, se quedan en nada el número de fallecidos entre oficiales y “no ubicados”; y no tiene importancia la cantidad de sanitarios que han muerto; y la falta de material; y el baile de las mascarillas; y las mentiras para ocultar la gravedad de la pandemia; y la irresponsabilidad de las manifestaciones; y la falta de protocolos claros para las fuerzas de seguridad; y las ruedas de prensa sin preguntas o con preguntas amañadas; y el galimatías de las fases; y las rectificaciones; y las improvisaciones; y las leyes coladas de matute; y los nombramientos 

escondidos en el BOE; y los continuos cambios de criterio; y los sinsentidos de los expertos… Nada importa ante el medio millón de vidas salvadas. 

Impresiona pensar hasta dónde llegaría este hombre en su escalada a la gloria si hubiera más pandemias que gestionar. Dice el ínclito, que España tiene que salvar a España pero, en su modestia, olvida decirnos que el único que puede salvar a España es él y su gran capacidad. 

Una homilía trufada de términos guerreros para concluir en una especie de parte de guerra y en un llamamiento a la unidad en torno a “mi persona”. O sea: cautivo y desarmado el coronavirus, España una, grande y… (libre es de temer qué menos, con un gobierno social comunista). 

Hay que evitar que esos “flecos” sin importancia, los fallecidos y las mentiras, entre otros muchos, hagan olvidar a los ciudadanos la gloria bendita que tenemos en La Moncloa y sigan votando, en consecuencia, a “mi persona” 

Ahora que se derriban estatuas y quedan sitios libres en plazas y avenidas ¿para cuándo, en consecuencia, estatuas para “mi persona”? Y si se especula sobre la fecha más adecuada para celebrar la Fiesta Nacional ¿por qué no el día que “mi persona” prometió su cargo?

Post scriptum. Preguntar no es ofender: para ser nombrado Fiscal General del Estado ¿hay que aducir y aportar méritos previos o los méritos se van adquiriendo en el ejercicio del cargo?

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