Opinión

Por la boca… Los objetivos de Sánchez

Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, en el Consejo de Ministros del estado de alarma.
photo_camera Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, en el Consejo de Ministros del estado de alarma.

Los fines que se pueden intuir en la gestión de Sánchez al frente del gobierno son tan pobres, tan mezquinos, tan rastreros y tan miserables, que es más esperanzador pensar que, debido a su propia estulticia, no los tiene.

Toda acción política, todo programa de gobierno, presupone una finalidad y unos objetivos que, siendo más o menos plausibles, se marca el gobernante que persigue la consecución de unos logros que, previamente fijados, son la columna vertebral de su trayectoria.

Con independencia del juicio que merezca la gestión de Sánchez y de su gobierno en la crisis que se está viviendo en España, hay que suponer que las repetidas, lacrimógenas y ya risibles intervenciones en televisión, responden a unos objetivos.

Como la información y la novedad no forman habitualmente parte del elenco de mentiras, tópicos, vaciedades y memeces varias que vierte en cada aparición y su eficacia hay que declararla nula, habrá que pensar que se persiguen otros fines que no por ocultos, tienen que ser menos reales.

Los fines que se pueden intuir en la gestión de Sánchez al frente del gobierno son tan pobres, tan mezquinos, tan rastreros y tan miserables, que es más esperanzador pensar que, debido a su propia estulticia, no los tiene.

Pero llegados a este punto, en el que hay que temer que ni siquiera los objetivos más deleznables forman parte de las miras de Sánchez, el miedo a vernos gobernados por semejante individuo se convierte en pánico sobre todo si se piensa que su actuación solamente puede responder a la improvisación, al corto plazo, a la conveniencia del momento y al consejo de quienes le rodean y que, a juzgar por lo que vemos, oímos y hasta sufrimos, dan materia para colegir que su equipo, cosa por otra parte lógica, está hecho a la medida, más bien mentalmente raquítica, de quien se supone que lo capitanea.

La sensación de tener al frente de la crisis a alguien que no sabe qué hacer, ni cuándo hacerlo ni dónde hacerlo (parafraseando un dicho del sujeto de marras) solamente contribuye a la inseguridad y al miedo.

La percepción del “tarde y mal”, se va adueñando de la sociedad española y si a eso se añade que los únicos objetivos que se aprecian, a simple vista en las comparecencias de quien tiene la responsabilidad, no van más allá de su propia justificación, de la autocomplacencia y de buscar liderazgo donde no lo hay, la conclusión es más bien pesimista.

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