Opinión

Por la boca… Política española con M de… Madrid y Murcia

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.
photo_camera La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, comparece en rueda de prensa en la sede regional, tras el anuncio de elecciones para el próximo 4 de mayo, en Madrid (España), a 10 de marzo de 2021.

La política que debería ser el arte de gestionar y administrar los asuntos públicos, en relación a una ideología concreta que han elegido los ciudadanos a través de un partido para organizar la vida colectiva, se convierte a pasos agigantados en un patio de monipodio.

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Cada cuál ve las situaciones y analiza los acontecimientos de la política que se viven en Murcia y en Madrid, según su ideología y sus intereses personales o de grupo. Pero los ciudadanos de a pie, miren desde dónde miren, lo hacen con una visión crítica y con opiniones negativas para unos, para otros o para todos.

Los “no son de fiar”, “no creo a ninguno”, “espera y verás”, “cada uno va a lo suyo”, “todos mienten”, “no sabemos lo que de verdad está ocurriendo”… están en boca de los españoles que cada vez ven con más cara de asco y con la nariz arrugada por el mal olor, las cosas que ocurren en la vida política.

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A eso, los políticos lo llaman desafección y, vista la definición de la RAE, es evidente que se quedan cortos en el apelativo.

Es algo mucho más profundo que un simple rechazo. Se trata de una profunda decepción, una desilusión constante que está afectando muy severamente a la confianza en el sistema político con el que nos gobernamos, porque la desafección y las mascaradas de los políticos corren paralelas con demasiada frecuencia y hacen parecer como imposible la regeneración de ese mismo sistema.

Ha llegado un momento en el que los navajeos y la política rastrera, hacen necesario un análisis en profundidad y una reforma que va más allá de unos pocos artículos de la Constitución.

Evidentemente los responsables son los representantes políticos y el funcionamiento de los partidos, pero la situación es lo suficientemente grave como para pensar en la imposibilidad de que sean los propios políticos quienes aborden las soluciones.

Con un Ejecutivo denostado e impotente y rebasado por la situación socioeconómica y los problemas sanitarios, además de esclavizado (eso sí que es esclavitud) por comunistas y separatistas; un Legislativo secuestrado por mayorías sectarias y antinaturales;  un Judicial aherrojado por esas mismas mayorías y una oposición desnortada y estéril en su propia división, la regeneración se ve muy lejos.

La política que debería ser el arte de gestionar y administrar los asuntos públicos, en relación a una ideología concreta que han elegido los ciudadanos a través de un partido para organizar la vida colectiva, se convierte a pasos agigantados en un patio de monipodio.

Es muy difícil que los españoles, ante semejante espectáculo, no piensen en engaños (lo dicen los mismos políticos); en venta de cargos (lo dicen los mismos políticos); en maniobras indignas (lo dicen los mismos políticos); en traiciones (lo dicen los mismos políticos); en mafias (lo dicen los mismos políticos).

Un atisbo de esperanza pasaría, paradójicamente, por las Autonomías, pero el cúmulo de basura evidenciado en Madrid y en Murcia -con independencia de quién tenga razón- no invita al optimismo.

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