Opinión

Por la boca… Torra: diarrea mental

Quim Torra, en Eslovenia.
photo_camera Quim Torra, en Eslovenia.

Los gobiernos –el de antes y el de ahora- cuando se refieren a lo que ocurre en Cataluña, siempre dicen aquello de que “no les va a temblar el pulso”. Es evidente que, si no es el pulso, algo hay que no funciona bien, a la vista de las decisiones que nunca se toman.

Tanto Mariano Rajoy como Pedro Sánchez, fallaron y fallan en Cataluña. El primero aplicó el 155 tarde y mal y el segundo no mejora las expectativas. Todo son paños calientes y declaraciones más o menos altisonantes, pero a la hora de la verdad, Torra y sus vándalos siguen haciendo y diciendo lo que les viene en gana sin que los fiscales, el de antes y la de ahora, muevan un dedo para evitar auténticos desafueros que, por otra parte, están llegando a cotas insospechadas.

Los gobiernos –el de antes y el de ahora- cuando se refieren a lo que ocurre en Cataluña, siempre dicen aquello de que no les va a temblar el pulso. Es evidente que, si no es el pulso, algo hay que no funciona bien, a la vista de las decisiones que nunca se toman.

Está claro que Torra -dietas montserratinas aparte- padece una grave diarrea mental que está afectando a sus ideas, que fluyen impregnadas de las heces más asquerosas y de las “eslovenias” malolientes que su magín podrido genera.

Pero Torra cumple con su papel de separatista que odia a España y a los españoles y de político que tiene que apretar las tuercas de todo el que se le pone por delante, para seguir con la gran falacia de la república independiente. A Torra le ha trastornado Puigdemont y ahora ya defeca por libre, y lo mismo se va a Montserrat de ayuno, que ataca de frente a sus propios policías o hace caso omiso de sus conmilitones más alejados de sus turbias ideas y hasta de las alianzas con la Esquerra Republicana. Siempre en su línea y sin engañar a nadie.

Pero parece que los gobiernos -el de antes y el de ahora- con todo el pulso firme que quieran aparentar, o no saben qué hacer o si lo saben tienen miedo de hacerlo y el resultado es una inacción culpable, una vista gorda intolerable y una situación que no se sostiene un minuto más.

Naturalmente que Torra tiene una responsabilidad manifiesta ante los catalanes. Pero no es menos cierta la responsabilidad -mayor porque tienen los suficiente medios legales a su alcance- de los gobiernos, el de ahora y el de antes, frente a los ciudadanos, todos los ciudadanos, de Cataluña.

Alguien tiene que defender los derechos de esos españoles y del resto de España y, en última instancia, esa defensa corresponde al Gobierno de la Nación.

La duda que surge, es el grado de contagio que se supone en la diarrea mental.

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