Opinión

Chulean al chulo

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el vicepresidente segundo, Pablo Iglesias.
photo_camera El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el vicepresidente segundo, Pablo Iglesias.

Sánchez se bajó los pantalones cuando lo de la moción de censura a Rajoy y no es que se los siga bajando todos los días, es que desde entonces no se los ha subido.

Si nos atenemos a la primera acepción del diccionario de la RAE, el adjetivo le encaja a Sánchez perfectamente: “que habla y obra con chulería” y chulería es “presunción e insolencia al hablar o al actuar”. También los que le chulean están retratados en el diccionario: “zumbar o burlar a alguien, abusar de él y explotarlo”.

Lo que ya no concuerda tanto es que en ambas definiciones hay un componente de gracia o de chiste y en los dos casos la gracia escasea.

A Sánchez, en el plano político, le chulean casi todos.

Le chulea, más que nadie Iglesias, a pesar del pobrísimo resultado de poco más de tres millones de votos, que no llegan al 13% y 35 escaños.

Le chulea Bildu con 5 escaños y 277.000 votos.

Le chulea Esquerra con 13 escaños, el PNV con 6 y hasta los que solamente consiguieron un escaño en las últimas elecciones.

Pero lo importante es la suma que permite a Sánchez seguir sentado en La Moncloa, por más que la representación de cada partido de sus “chuleadores”, sea mínima en el conjunto de España.

Sánchez se bajó los pantalones cuando lo de la moción de censura a Rajoy y no es que se los siga bajando todos los días, es que desde entonces no se los ha subido.

Y de ahí nacen la prepotencia de Iglesias en el Ejecutivo y sus “representaciones internacionales”, el blanqueo de Otegui, el despacho carcelario de Junqueras, las situaciones de los presos de la ETA, las concesiones vergonzosas en materia de educación, las dádivas a los pedigüeños del PNV, los arrumacos a los comunistas de Hispanoamérica y hasta las cifras de los Presupuestos Generales del Estado.

Por chulearle, le chulean hasta sus ministros, incluido el “casi ministro” Simón, que tienen sus puestos más que asegurados por cuanto cualquier cese a destiempo redundaría en un enorme desprestigio del propio Sánchez, que se ve con las manos atadas para hacer una crisis que él es el primero en necesitar.

Los únicos que no le chulean son los más conspicuos del Partido Socialista que se limitan a susurrar su desasosiego, descontento y preocupación y además cuando nadie les oye.

 

Y tampoco le chulea la oposición, dedicada afanosamente a escrutar ombligos propios y ajenos.

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