Opinión

De la euforia, a la realidad de 123 escaños

Sesión constitutiva del Congreso de los Diputados.
photo_camera Sesión constitutiva del Congreso de los Diputados.

Para gobernar, no es lo mismo disponer de mayoría absoluta, que haber logrado una victoria por mayor número de escaños que los otros, por amplia que sea esa victoria. La del Partido Socialista lo ha sido, pero ha quedado muy lejos de la mayoría absoluta.

Como casi siempre, el Partido Socialista venció a todos sus oponentes en lo que a la valoración, “venta” y difusión a la opinión pública de sus resultados electorales se refiere. La noche electoral y los días inmediatamente posteriores, el ambiente creado era de una euforia propia de quien ha vencido por mayoría absoluta.

La debacle de los demás habría sido total y la victoria socialista aplastante. El partido Socialista gobernaría con toda comodidad e incluso se podría permitir repartir migajas entre los indigentes que llamaran a su puerta solicitando la limosna de un ministerio (caso de Pablo Iglesias).

Incluso se llegó a difundir el deslumbrante impacto que la victoria socialista había tenido en toda Europa, en la que aparecía Pedro Sánchez como líder entre los líderes y con la posibilidad de hacer y deshacer a su antojo en los despachos de la Unión Europea.

Pero para gobernar, no es lo mismo disponer de mayoría absoluta que haber logrado una victoria por mayor número de escaños que los otros, por amplia que sea esa victoria. La del Partido Socialista lo ha sido, pero ha quedado muy lejos de la mayoría absoluta.

Algo muy parecido sucedió en las elecciones autonómicas y municipales, en las que el triunfo de los socialista es incontestable pero, otra vez, lejos de poder gobernar cómodamente en la mayoría de autonomías y ciudades.

Y ahora, en el momento de la verdad, se imponen los números y la cifra de 123 escaños exige negociaciones, pactos, componendas y cesiones para llegar a La Moncloa y, a todo eso, se unen las dificultades normales para llegar a acuerdos en pueblos y autonomías.

Se quejan algunos líderes políticos de que el Partido Socialista mantiene una actitud distante y hasta altanera y no descuelga el teléfono y se escudan los socialistas, en sus responsabilidades como gobierno en funciones y en lo razonable que resulta no acelerar los tiempos y tratar de hacer las cosas bien.

Ninguna de las dos cosas es cierta. Es evidente que los socialistas están llamando y hablando, aunque no lo hagan “en corto y por derecho”, con las formaciones que les conviene y no es menos evidente que están tratando de ganar tiempo, refugiados en no se sabe qué obligaciones institucionales.

Si no fuera demasiado infantil, diríase que Pedro Sánchez está tratando de poner de los nervios a sus oponentes e incluso a sus futuros posibles aliados.

Lo cierto es que está batalla en la sombra está sirviendo para afianzar la imagen del

PSOE como partido hegemónico. La imagen de un partido que ha arrasado en las elecciones y que va a gobernar a sus anchas.

Lo que pasa es que la cifra de 123 escaños sigue estando lejos de la mayoría absoluta.

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