Opinión

Celaá tiene un plan A

Isabel Celaá
photo_camera Isabel Celaá.

Mientras distrae con el borrador de un plan inviable e inoperante desde un  ministerio sin competencias, Celaá sigue en su objetivo de ideologizar la enseñanza, adoctrinar a niños y jóvenes, desterrar la enseñanza de la religión, asfixiar a la privada y concertada y despojar  de derechos a los padres.

Uno de los trucos de camuflaje que emplea el gobierno socialcomunista, para enmascarar sus verdaderas intenciones es la risa. No es que Sánchez y los suyos tengan el más mínimo sentido del humor, sino que con sus planes, sus sumas, sus mentiras y hasta con su lenguaje, hacen reír a los españoles (aunque no a todos) que hacen chistes y se pitorrean de ministros, secretarios de estado, de asesores y hasta de expertos y así, parapetados tras los chascarrillos de unos y otros, van cumpliendo sus objetivos. 

El borrador del plan que se ha presentado para la vuelta a las aulas en septiembre, parece que lo hayan hecho los expertos que asesoran a Illa y a Simón. 

Con esa seriedad y ese aire docente que le caracteriza, Celaá da las pautas y la hoja de ruta, dice ella, para el curso que viene.

Cuando se sospeche de un contagio, se aísla al alumno, se le pone una mascarilla, se llama a la familia y después al centro de salud. Y es que cuando las cosas se piensan, se nota.

Se habilitan los gimnasios y las bibliotecas, se abren las ventanas y se saca a los alumnos a tomar el aire. Siguen las sesudas reflexiones de los expertos.

15 alumnos por aula con mascarillas o sin ellas según la edad, y volvemos “al niño, eso no se toca”, para decir a los pequeños que no hay que tocarse la nariz, ni la boca, ni los ojos. Más expertos dedicados al pensamiento profundo.

Además, filóloga ella, nos ilustra y ya sabemos que cuando los niños van al colegio es que se presencializan; y cuando juegan juntos, socializan; y que la clase es un grupo estable de convivencia; y que salir al patio a jugar  es priorizar la utilización de los espacios al aire libre; y que para todo ello hay que implementar una señalética amigable y que facilite su comprensión. (Muchos piensan que a lo que hay que implementar una señalética es a lo que dice Celaá).

Pero los verdaderos objetivos de la ley de enseñanza que está perpetrando Celaá, están cada vez más claros. Mientras distrae con el borrador de un plan inviable e inoperante desde un ministerio sin  competencias, sigue en sus fines de ideologizar la enseñanza, adoctrinar a niños y jóvenes, desterrar la enseñanza de la religión, asfixiar a la privada y concertada y despojar  de derechos a los padres.

Y eso admite  todo menos bromas.

Aprovechar la pandemia y el estado de alarma para colocar una de las leyes más trascendentales en cualquier sociedad, sin consultar a los docentes ni a las familias, es una inmoralidad.

Admitir unos supuestos titulados con suspensos, “para que puedan continuar sus estudios”, es vergonzoso.

Abaratar académicamente la concesión de becas es una falacia que baja los niveles y masifica los centros, con el consiguiente deterioro de los conocimientos de los alumnos y el inevitable menoscabo de los enseñantes.

Lo que realmente interesa a Celaá, es una adolescencia -futura votante- ayuna de cultura, carente de cualquier atisbo de espíritu crítico, adicta al pensamiento único, sin el apoyo de la familia y sin más intereses que adquirir las destrezas  necesarias para responder a lo que  se ha dado en llamar demanda del mercado de trabajo.

No importa ceder medio metro de distancia en los colegios. No importa que sean las autonomías y los directores de los colegios los que decidan la distribución de las aulas o los comedores o las entradas y salidas. Lo único que importa es apartar a los padres de las decisiones fundamentales sobre lo que aprenden sus hijos, suprimir asignaturas vitales en la formación de cualquier persona y tener las manos libres para inocular ideas y ahormar formas de pensar.

Un plan A con todas sus consecuencias.

Y la oposición en la higuera.

Post scriptum. Preguntar no es ofender: Puesto que a Sánchez le parece un honor ¿no podríamos colocar a más ministros en  Bruselas? Europeos, por fa, tíos.

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