Opinión

La perversión del lenguaje

Gabriel Rufián, en el hemiciclo del Congreso de los Diputados.
photo_camera Gabriel Rufián, en el hemiciclo del Congreso de los Diputados.

Antes nos hacían comulgar con ruedas de molino. Ahora, como todo evoluciona, nos hacen comulgar con diccionarios de uso obligatorio que están pervirtiendo el lenguaje.

El empleo de palabras, giros y expresiones que usan nuestros políticos y que se convierten en eso que se ha llamado políticamente correcto, se está haciendo -como también hay que decir ahora- viral. Todos emplean ese idioma y ya ha tomado carta de naturaleza.

Antes nos hacían comulgar con ruedas de molino y ahora, lo tenemos que hacer con diccionarios de uso obligatorio que pervierten nuestras formas de entendernos.

Esa perversión se divide en dos vertientes: la parte de cursilada bilingüe y pedante y el lado de la colonización ideológica que tiene mucha más trascendencia. Ambos aspectos cuentan con las tragaderas de los más y el tonto afán modernistas de una gran mayoría.

Así, se emplea la palabra fascismo o extrema derecha como un insulto, pero -con la historia en la mano- a nadie se le apostrofa llamándole rojo o comunista o diciéndole que es de extrema izquierda.

Se hará oposición sosegada y sin crispación y se tragará con lo que diga el que está en el poder, porque perder su confianza será lo mismo que echar a alguien a la calle.

La imposibilidad manifiesta de aprobar los presupuestos se denomina “acortar la vocación” del impotente para sacar adelante las cuentas, que lo hará por decreto-ley, para poder socializar y para igualar a todos, pero a la baja.

A los analfabetos se les llamará la generación digital y escaquearse -todo lo posible- de pagar impuestos, será una sociedad instrumental.

A la persecución del coche privado en nuestras ciudades y a la más absoluta prohibición de usarlo, se le denomina movilidad urbana.

La compra de un chalet, más bien lujoso, pese a las protestas de socialización, se dirá que es un “proyecto de vida en común”.

A la más que obligada y normal honradez en la gestión de los dineros públicos, se le colocará en el diccionario como regeneración democrática.

Y votar cada cuatro años a quienes harán continuos cortes de mangas a los votantes que, además, sufragan los sueldos de los votados, se califica de democracia moderna.

Y luego están los cursis, bilingües y pedantes que a los semáforos llaman señalética luminosa; a las rebajas y ofertas comerciales “blafraidei” o a destripar el final de una película “espoiler”.

Si queremos valorar o ensalzar algo, tendremos que “ponerlo en valor” y si de hablar en el parlamento se trata, lo habremos hecho “en sede parlamentaria”.

Y es que el español, es un idioma muy rico.

Si será rico que a los rufianes, en el Parlamento, se les llama señorías.

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