Opinión

Oposición del día después

El presidente del Partido Popular, Pablo Casado. 8/7/2021
photo_camera El presidente del Partido Popular, Pablo Casado. 8/7/2021

Una oposición que basa sus estrategias para llegar al poder únicamente en la crítica a la acción del Gobierno, a detectar sus fallos, y a ponerlos de relieve frente a la opinión pública mediante la censura sistemática, es una oposición roma, alicorta y muy limitada.

Siempre que hay un movimiento importante como la reciente remodelación del Consejo de Ministros o la vergonzosa concesión de los indultos o llega una ley polémica al Congreso, se ponen de manifiesto las carencias de la oposición que marcha a remolque de lo que hace o dice Sánchez.

Las iniciativas siempre se basan en algo que, previamente, el Gobierno ha puesto sobre la mesa. Es como si Casado llegara cada mañana a Génova, se informara de lo que ha hecho o dicho Sánchez el día anterior y, a partir de ahí, comenzara a actuar, actuación limitada las más de las veces a intentar contrarrestar y a criticar lo que hace el Ejecutivo, y poco más.

Se dice en algunos despachos de Génova que la remodelación del Gobierno les ha cogido con el pie cambiado. Absurdo. A una oposición con proyecto, con propuestas propias y con el camino trazado, le debe traer al pairo que el Gobierno cambie unos u otros ministros.
También se dice que se han designado doce nombres (sin piedad ?) para que se encarguen de “marcar” a otros tantos ministros, lo que no deja de ser, una vez más, bailar al son que tocan los propios ministros y desde luego nada tiene que ver con la esencia del ejercicio de la oposición.

Una oposición que basa sus estrategias para llegar al poder, únicamente en la crítica a la acción del Gobierno, a detectar sus fallos, y a ponerlos de relieve frente a la opinión pública mediante la censura sistemática, es una oposición roma, alicorta y muy limitada. Por supuesto que la crítica es parte esencial del ejercicio de la oposición, pero la crítica ayuna de proyecto y sin más propuestas que la de “echar” al que está en la poltrona, dice poco de quien la ejerce por más que lo haga con visos de energía en las formas.

Todo partido político aspira a llegar al poder para poner en marcha las propuestas que previamente ha presentado a los ciudadanos. Sería deseable una oposición que se ocupara de las lagunas en la función de gobierno, de lo que no se hace y debería hacerse, de lo que necesitan los ciudadanos, de las carencias sociales o de las deficiencias en la agricultura etc, etc. Pero con propuestas reales, alejadas de lo “que está haciendo mal” quien gobierna y con visos de novedad.

Es necesario tener algo que ofrecer, algo que proponer, algo que se apoye en una ideología concreta que debe de ser conocida por quienes tienen que elegir entre modelos de gestión y, lo que es más importante, entre modelos de sociedad. Concretar lo que según esos planteamientos necesita España, lo que hay que preparar para el futuro y que es mucho más que la necesidad de que se marche a su casa un gobernante o que el futuro no pase por una persona concreta.

Una ideología que es absolutamente necesaria para oponerse a leyes que llevan una carga enorme de cambio social o que inciden directamente en el diseño de la vida de varias generaciones. Una ideología, por mínima que sea, que sirva de apoyo al ejercicio de la política y de orientación a los ciudadanos.

Una ideología que tiene que ir mucho más lejos que el mero negacionismo de las ideas del adversario. Una ideología en positivo muy distinta del “no haremos lo que están haciendo los otros”.

 

El problema para la derecha española es que desde hace demasiado tiempo  –quizás desde siempre- no encuentra -ni quizás busca- esa ideología.

Y es que la ideología es algo con más enjundia que autodenominarse liberal o de centro derecha.

La carcajada. Dice Calviño: “Poner etiquetas a lo que pasa en Cuba, no aparta valor añadido al debate”.

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