Opinión

Pactos de familia

Juan Carlos en Zarzuela.
photo_camera Juan Carlos en Zarzuela.

Salvo el tiempo que pasó en su antigua casa, nada o casi nada ha trascendido de la visita de don Juan Carlos a La Zarzuela salvo la supuesta noticia, más o menos solapada, de que doña Letizia no asistió a la comida familiar.

Las monarquías han sido históricamente muy dadas a los pactos de familia. Por antonomasia pueden mencionarse aquellos del S.XVIII entre los borbones españoles y los borbones franceses contra Inglaterra. Eran épocas de absolutismos y no se diferenciaba, en esos pactos, si eran fruto de relaciones personales o de cuestiones de toda la nación.

Con motivo de la marcha de don Juan Carlos a Qatar y de su vuelta a España para pasar un fin de semana -opiniones más o menos educadas o más o menos vitriólicas aparte- se ha señalado con reiteración que se trataba de un asunto particular y privado del Rey relativo a sus relaciones con su padre, que el Gobierno no tenía nada que decir y que todo eran decisiones personales del Rey. Bien está.

Pero ocurre que esas relaciones, supuestamente personales, tienen una cierta trascendencia más allá de la familia pero no dejan de ser un reflejo de cómo don Felipe está tratando este asunto.

Un asunto en el que, si es privado, no se entienden muy bien las supuestas injerencias del Gobierno, sus exigencias, si es que las ha habido y, sobre todo, cómo el Rey tolera que el Ejecutivo se inmiscuya en vida personal y en sus relaciones familiares.

Salvo el tiempo que pasó en su antigua casa, nada o casi nada ha trascendido de la visita de don Juan Carlos a La Zarzuela salvo la supuesta noticia, más o menos solapada, de que doña Letizia no asistió a la comida familiar. Y en este contexto, puede dar que pensar a muchos si el trato que un hijo y su esposa están dando a su padre y suegro, es el más adecuado. Porque si las relaciones son exclusivamente familiares ese trato parece que no está siendo todo lo afectuoso que debiera y puede ser objeto de un cierto rechazo por parte de unos ciudadanos que no entendería muy bien la razón por la que un padre no puede dormir en la casa de su hijo, o el motivo de que una nuera no coma con su suegro, o   que unos nietos tengan que saludar a su abuelo de tapadillo o en una cancha de balonmano de manera improvisada.

O una visita es pública y está sometida a las exigencias políticas de un Gobierno, o es privada y depende, solamente, de las decisiones de un hijo y de un padre.

En cualquier caso  -y por el bien de la Institución- convendría aclararlo.

La carcajada. Dice Montero (la de igualdad) : “Era difícil, hace años, pensar que, desde un gobierno, se les podría decir a las mujeres: sí, vas a tener las escuelas abiertas fuera del horario escolar, para que puedas dejar a tus hijos si tienes que trabajar, pero también si te quieres tumbar en el sofá”.

 
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