Opinión

¿Preparamos a los hijos para la vida social?

Con cierta frecuencia los mayores lamentamos que algunos jóvenes no están interesados en participar en la vida social, no se integran en ninguna comunidad, “pasan” de la política, etc. ¿No será porque los educadores hemos fomentado más la vida individual que la vida social?. Por ejemplo, en las entrevistas periódicas entre los padres y los profesores-tutores se suele hablar mucho de las calificaciones escolares y poco o nada de su participación en la vida familiar y colegial y de su apoyo a movimientos que ayudan a los más necesitados. Algunos padres se obsesionan con los resultados académicos de sus hijos, mientras se desentienden de cómo viven determinados valores sociales: compañerismo, respeto, solidaridad, lealtad, etc. Como consecuencia, los jóvenes se acostumbran a una vida individualista e insolidaria.

La sociabilidad natural del ser humano se reconoce en la inclinación que tiene a relacionarse con sus semejantes. Aristóteles explicaba que esta inclinación se debe, en parte, a que posee el don del lenguaje: “la razón por la cual el hombre es más que la abeja o cualquier animal gregario, es evidente: la naturaleza no hace nada en vano, y el hombre es el único animal que tiene palabra”. La calidad del lenguaje está muy relacionada con la calidad del conocimiento.

La vida social del ser humano se realiza no en abstracto, sino en ámbitos muy concretos: familiar, de amistad, de estudio y trabajo, vida económica, vida política y vida trascendente o religiosa. Esas seis formas de vida se realizan a través de funciones y roles. Actuar socialmente implica desempeñar varios roles a la vez en cada ámbito. Por ejemplo, un niño es hijo, hermano y nieto en la familia; alumno y discípulo en la escuela; amigo en su padilla. Cada uno de esos papeles requiere orientación educativa, sobre todo porque aumentan progresivamente a medida que un joven se acerca al estatus del adulto.

Las diferentes formas de vida no son vidas separadas. La unidad propia de la persona debe reflejarse en la unidad de su vida, “En la vida social ocurre igual que en el escenario de un teatro: un mismo actor puede dar vida a diferentes personajes. La persona es el actor sustancial del vivir del hombre en la multiplicidad de los personajes por él realizados a lo largo de su vida. Mis personajes, esos personajes que voy realizando, son manifestaciones de mi vivir, bajo el cual está siempre invariable la realidad de mi yo; estoy yo como ser subsistente, es decir, permanentemente el mismo. Ser persona es ser actor de la vida en sus múltiples formas y facetas, siendo dueño y señor del propio vivir”. (T. Fernández Miranda).

Conviene recordar la unidad de la persona y de su vida porque hoy es frecuente encontrarse con algunas que no se reconocen con el mismo ser en las diferentes etapas y situaciones de la vida. Son como “seres a piezas”, con distintas personalidades que no se comunican entre sí. Un ejemplo: de lunes a viernes son serviciales y generosas; en cambio, de sábado a domingo son egoicos (se sienten molestas si se les pide un favor o una ayuda): “no quiero que nadie me complique el fin de semana”.

¿Cuál es el mejor lugar para cultivar la vertiente social de la persona? Sin duda, la familia, la comunidad familiar. En ella se da la convivencia más intensa y continuada. Además, la familia es una sociedad en miniatura y una célula de la gran sociedad. Si queremos regenerar la sociedad, haciéndola más humana y habitable, el mejor procedimiento es regenerar, una a una, las células que integran el tejido social, es decir, las familias.

En la familia se debe y puede preparar a los hijos no sólo para la adaptación social, sino también para el protagonismo social. En una sociedad materialista procede también ejercer una sana inadaptación social: cuando el ambiente se degrada a causa del permisivismo moral, no procede adaptarse pasivamente, sino rebelarse. Frente a la paleolítica cultura de la muerte hay que promover la cultura de la vida; y frente a la fiebre del consumismo hay que responder con la rebeldía de la sobriedad y la templanza.

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