Opinión

Resurge el ‘carpe diem’: ¿Buena o mala noticia?

Actualmente, cada vez es más frecuente encontrar la expresión “Carpe diem” como “gancho” para designar, por ejemplo, una discoteca, una sala de masajes, una marca de helados o un licor. Hoy mismo acabo de leer en la prensa esta noticia: ayer se celebró el “Festival Carpe diem”. También está de moda hacerse tatuajes en los brazos con esa frase. Sin embargo, su origen es muy lejano: se remonta a algunas de las “Odas” que escribió el poeta romano Horacio (65 a.C. – 5 a. C) para las personas agobiadas por la brevedad de la vida y un futuro incierto. Horacio les propone adoptar la actitud del Carpe diem, que en su traducción al idioma español tiene dos significados opuestos entre sí.

El primero es “aprovecha el día y el momento; vive como si cada día fuera el último”. Es una invitación a no dejar para mañana lo que podemos hacer hoy, a no malgastar el limitado tiempo disponible y a esmerarse en todo. Una buena respuesta a la brevedad de la vida es la de Mahatma Gandhi: “Vive como si fueras a morir mañana. Aprende como si fueras a vivir para siempre.”

El segundo significado es “captura el día y el momento presente para gozar al máximo de los placeres sensibles, sin pensar en el futuro”. En el lenguaje corriente se suele expresar así: “¡a vivir, que son cuatro días!”. Es una continuidad con el mensaje hedonista de los filósofos epicúreos, que identificaban la felicidad con el placer. Con el paso del tiempo esa actitud se convertiría en un tópico de la literatura universal que ha llegado incluso a nuestra época, afectando sobre todo a los adolescentes y jóvenes. Esta conducta ha sido denominada por A. Polaino “instantaneimo hedonista”. No obstante, siempre existieron posturas críticas hacia ese tópico, por considerar que es irresponsable preocuparse sólo del presente placentero sin pensar en el futuro.

Quienes optan por la filosofía hedonista del Carpe diem, no piensan en ahorrar y formarse; hacen lo que les apetece en todo momento sin valorar las posibles consecuencias. Los más radicales lo concretan en “vivir a tope” dando rienda suelta a los instintos. Tienen prisa por sacarle jugo a la vida; para ellos el fin justifica los medios. Esta postura se refleja en comportamientos como el siguiente:

“Transitábamos como si no hubiera un ayer ni un mañana. Como si tuviéramos que consumir el mundo entero a cada instante, por si acaso el futuro nunca quisiera llegar.” (María Dueñas)

En los últimos años la expresión Carpe diem se ha hecho muy popular debido a la película dirigida por Peter Weir, “El club de los poetas muertos” (1989). Un año después fue premiada con un Oscar. El actor principal,  Robin Williams,  desempeña el papel del profesor Keating, que pretende inculcar en sus alumnos la filosofía de un Carpen Diem no hedonista, basado en la sana satisfacción de aprovechar el tiempo para hacer cosas valiosas. Ello implica tener ilusión por ser algo concreto en la vida y empezar ya a vivirlo de algún modo.

Keating intenta que sus alumnos cambien de actitud; que dejen de ser conformistas para ser protagonistas. Les aclara que Carpe diem no es solo una frase hecha; para comprender su sentido es preciso emplear la razón y aprender a afrontar anticipadamente las posibles consecuencias de esa forma de vida. Keating buscaba liberar a sus alumnos de la mediocridad y que aspiraran a metas altas. Ellos acabarán asumiéndolo como un reto y una conquista personal.

La voluntad de placer no es mala; lo malo es someterse irracionalmente a ella, sin decir nunca que no.

Ricardo Yepes sostiene que el Carpe diem hedonista “no es para la vida profesional, donde impera la lógica de lo serio y de las tareas a largo plazo. Es, por tanto, un planteamiento incompleto de la vida, pues tampoco atiende al esfuerzo, al dolor, a la limitación y la enfermedad humanas, ante los que está amenazado de fatalismo. El hedonista, el hombre centrado en la consecución del placer, carece de respuestas ante el esfuerzo y el dolor. En el fondo acaba viviendo siempre asustado, pues el presente sigue una sucesión imparable en el tiempo sobre la que él no tiene ningún dominio. Es la lógica de los inmaduros y los irresponsables” (R. Yepes y J. Aranguren: Fundamentos de antropología).

La actitud del Carpe diem encierra grandes posibilidades formativas cuando se interpreta como un reto para conquistar metas más altas y valiosas en la vida personal. En ese caso su resurgir es una buena noticia. No lo es cuando el paralizante miedo al futuro se utiliza como una coartada para una vida libertina y aburguesada.

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