Opinión

Borrar el pasado

En la Torre de Londres, que alberga las joyas de la Corona británica, se ejecutaron y torturaron a innumerables personas. Aún se muestran como reclamo turístico potros o cigüeñas utilizados para dichos suplicios. Los primeros desmembraban pies y manos a la víctima atada a un torno al girar en sentido contrario estirando cada extremidad, y las segundas inmovilizaban y sujetaban al afectado durante largo tiempo por el cuello, manos y tobillo, provocándole calambres generalizados en todo el cuerpo. Mientras esto se producía, no eran raras las palizas, mutilaciones o quemaduras que se les infligían. Cientos de personalidades de relieve sucumbieron a las sucesivas decapitaciones en la Tower Hill, como Ana Bolena o santo Tomás Moro, quien ante el cadalso pidió a sus verdugos que le ayudaran a subir, porque para bajar se las arreglaría él solo. El sanguinario tirano Oliver Cromwell cuenta también con una imponente estatua en el exterior del parlamento de Westminster, y su clan familiar pone nombre a una de las principales arterias de Londres, en el céntrico barrio de Kensington y Chelsea.

Las atrocidades provocadas en el recinto regio y la trayectoria del cruel dictador forman parte de la historia inglesa. Pero, en lugar de hacerlas desaparecer, las exhiben allí con naturalidad como símbolo de su patrimonio colectivo, sin tratar de llevar absurdamente el pensamiento actual a tiempos pretéritos.

Si utilizáramos la óptica del presente para revisar el pasado, no quedaría vestigio alguno. Pero sucede que eso, además de una solemne memez, resulta imposible por la elemental razón de que no por querer borrar determinados episodios estos desaparecen como por ensalmo, sino que en ocasiones reverdecen, devolviéndolos a la actualidad. Añádase a esto la taimada selección que muchas veces se opera en estos terrenos, pretendiendo eliminar unos acontecimientos y nunca los de signo opuesto, aun cuando estos sean igualmente ominosos para gran parte de la sociedad e incluso en objetivos términos históricos.

No existe nación que no sea producto de un continuo y complejo claroscuro. Tanto lo bueno como lo menos bueno que ha dado de sí su evolución y observamos con perspectiva de hoy, ha sido consecuencia directa del concreto contexto en que se ha generado, sin que sean posibles aquí revisiones que orillen ese determinante dato. Podemos censurar el canibalismo, por ejemplo, pero consta que en Atapuerca se practicaba. Y no por ello debemos dejar de potenciar esa fabulosa iniciativa arqueológica. 

Revisitar la historia con visión ideológica del presente revela, además, la inexistencia de proyecto político de quien la impulsa. Poner en marcha mecanismos legales, administrativos y financieros para asuntos así, en lugar de aplicarse a fondo en los retos de la gobernabilidad de un país, denota una diletancia de libro, muy propia por cierto de estos tiempos, presididos por la sinsustancia y la dieta pobre en argumentos que muevan a la reflexión.

Aunque los que irresponsablemente propugnan reescribir el pasado sean merecedores en el futuro del mismo juicio que ellos hacen ahora, sin duda pasarán a la posteridad como ejemplos del sectarismo que en tantas oportunidades ha lastrado el futuro de las naciones. Que no se preocupen que a ellos sí les dejaremos permanecer como símbolos de lo que no se debe volver a hacer.

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