Opinión

Circos con animales

Espectáculo de circo.
photo_camera Espectáculo de circo.

Y seguimos para bingo. Ya no les basta con los toros: ahora les ha dado con prohibir también las carpas circenses con animales. Lo próximo será la ganadería, la doma clásica o equitación olímpicas, las exhibiciones con delfines, los zoológicos y hasta las mascotas domésticas, porque todas esas actividades se basan en el dominio por el hombre de esas criaturas irracionales hoy rebautizadas como “sintientes” o algo así.

Nadie en sus cabales puede defender el maltrato animal. Para evitarlo, cuentan nuestras administraciones con personal especializado capaz de inspeccionar y sancionar cualquier tarea susceptible de producirlo, incluidos los circos. Ahora bien, deducir que se deban impedir los animales en los circos porque siempre se ocasionan abusos en ellos es mucho deducir, salvo que se considere como vejación cualquier cosa que hagan los animales en las arenas de un circo.

Tengo imborrables recuerdos de infancia de aquellas caravanas cargadas de ilusión que recalaban cada verano en Navia, mi pueblo. Antes de cada función, solía acercarme a ver en sus jaulas a los leones, camellos o elefantes. Nunca percibí en ellos más que su propio hedor a tigre de Bengala, que no sé si será considerado hoy como una grave ofensa animal. Sus piruetas, equilibrios y brincos jamás me hicieron sospechar que estas bestias estuvieran desatendidas o mortificadas, sino todo lo contrario: aquellos circos italianos estaban llenos de ejemplares orondos y robustos, dignos de ser presentados ante gradas repletas de ojos incapaces de pestañear. Es más, el circo que se presentaba con cuadrúpedos escuchimizados solía tener garantizado el fracaso en taquilla, porque el interés popular se centraba precisamente en el riesgo que pudiera tener el domador de ser devorado, y no en el que pudiera padecer el animal amaestrado.

Con el paso de los años, y quizá por estas peregrinas cortapisas al mayor espectáculo del mundo, comencé a observar la sustitución de los grandes mamíferos o fieras por reptiles o aves, de menos atracción popular. Dejé entonces de ver las huellas digestivas de dromedarios por las calles en las mañanas de actuación, y con ello comprobé el paulatino desinterés por este mundo en los críos de mi familia.

Comprendo que todas estas experiencias no sean compartidas, pero no por ello tienen que ser proscritas, digo yo. Quien no desee acudir a un circo con animales está en su entero derecho, igual capacidad que le debe asistir al que lo quiera hacer. Y bien harán los funcionarios de turno, insisto, en controlar con todo rigor que a los felinos se les trate como debe ser, con una alimentación adecuada y una higiene o salud razonables, reprimiendo aquellas humillaciones o agravios que no tengan ninguna razón de ser. Lo que se salga de ahí es claudicar ante un nuevo liberticidio que impone su forma de pensar y pretende configurar una realidad sin espacios a opciones diferentes.

Lo dicho: tras esto vendrá la ganadería, y a ver cómo nos apañaremos entonces para beber un vaso de leche o para comernos un buen solomillo de ternera.

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