Opinión

Mockba

Señal de tráfico en catalán.
photo_camera Señal de tráfico en catalán.

Si decimos Moscú y no Mockba, o Londres y no London, desconozco la razón por la que los hispanohablantes nos hemos empeñado en llamar en otro idioma a las ciudades que cuentan con nombre en castellano. Esto es especialmente extraño cuando se trata de localidades o provincias españolas, a las que los presentadores de televisión, en especial los que se ocupan de la meteorología, insisten tanto al hablar de Lleida en lugar de Lérida, o de Donosti por San Sebastián. Presumo que se trata de una especie de guiño a los nacionalismos regionales respectivos, pero no sé a cuento de qué viene que algo así pueda interferir en el correcto uso del lenguaje.

Para mi tengo que a ningún usuario de las lenguas cooficiales en España se le pasa por la cabeza decir Gerona en catalán, Bilbao en vascuence o La Coruña en gallego, y hacen bien, porque esas tres bellísimas urbes cuentan con su propio nombre en dichas lenguas vernáculas. Lo que sucede es que hoy nos parece correcto lo contrario, que hemos aceptado con un papanatismo sobresaliente.

Aunque podamos llamar Mastrique a Maastricht, el desuso progresivo del término español ha cedido al del topónimo oficial en los Países Bajos, como ha sucedido en otros muchos casos, pero sin embargo usamos Amberes en lugar de Antwerp, voz que nadie conoce salvo que haya estado en Bélgica de visita. Lo mismo podría predicarse de un sinfín de poblaciones diseminadas por medio mundo, que en el idioma de Cervantescuentan con su propia denominación, la mayor parte de las veces por razones de carácter histórico. ¿Llamamos Avignon a Aviñón, Bordeaux a Burdeos, Milano a Milán, Warszawa a Varsovia o Genève a Ginebra?: no. Entonces, ¿por qué usamos Alacant en vez de Alicante o Xábia por Jávea?...

Esta circunstancia enlaza con otra que constituye a mi modo de ver un sinsentido. La convivencia con el español de otros idiomas en el territorio nacional ha supuesto desde hace años que las infraestructuras públicas tiendan a rotularse principalmente en esos léxicos locales en donde la ley ampara la cooficialidad, lo que incluye serios avisos de seguridad en las carreteras, o indicadores de sumo interés en los aeropuertos. Me parece a mí que a nadie perjudica que se dispongan esos letreros en el mismo tamaño y color en castellano, algo que no siempre sucede y que produce en el viajero desconocedor de esas lenguas regionales no pocos problemas, traducidos en desvíos indeseados o simplemente en riesgos en la circulación. Sostener esto no equivale a menospreciar a estas hablas minoritarias, sino hacerlas convivir con el español, que es la oficial de la nación, además de la que conocen o debieran conocer la inmensa mayoría de nuestros turistas.

Ser sensible a los hechos regionales no debe significar abandonar los elementos comunes que nos vertebran como nación. Ni tampoco oponer un nacionalismo a otros. Se trata de mero sentido de Estado, que debiéramos recuperar sin demora.

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