Opinión

Galiciando

Isla de La Toja.
photo_camera Isla de La Toja.

“¡Cerezas con chocolate, pruébelas, están riquísimas!”, repite la mujer al ver al turista pateando la rúa do mar, en Combarro. El hedor a bajamar compite con el dulce, salvo para los chiquillos, que insisten a sus padres en comprarlo. Las paneras las denominan allí hórreos pese a no contar con tejados a cuatro aguas. Están flanqueadas por cruceiros e innumerables casas de comidas en las que se agolpan madrileños con hambre de pulpo frente al islote de Tambo, donde hizo de las suyas el pájaro Drake.

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Pocos kilómetros más allá, Pontevedra recibe al viajero con calles impolutas y orballo. Al menos por el día, llama la atención su tranquilidad. Su lograda peatonalización permite contemplar edificios bien conservados, de aquellos felices tiempos en que los arquitectos no buscaban epatar, sino levantar casas que pudieran encajar en su entorno, tratando de concebir localidades hermosas. Las mansardas proporcionan un elegante toque europeo a la capital fluvial, y en los soportales hay formidables establecimientos en los que es posible hacer un alto en el camino al recorrer sus coquetas plazuelas y sus restantes joyas urbanísticas.

La Toja continúa siendo el corazón de Galifornia. Su serena belleza natural acoge la absoluta discreción de sus más pudientes residentes, a quienes no se les ocurre hacer ruido con sus embarcaciones fueraborda, ni fardar de parque móvil o ensayar cualquier otra estúpida presunción. Los huéspedes de sus hoteles suelen ser gente reservada, familias con ganas de descansar remecidas por la apacible ría de Arosa, que persiguen desayunar con incomparables vistas, escuchar a pianistas interpretar tangos o ser gentilmente atendidos por profesionales como Paco, el más solícito metre con que uno se pueda topar.

De encontrar aparcamiento, El Grove resulta el lugar idóneo para darte un homenaje de marisco, al igual que Cambados lo es para el albariño o Sangenjo para ir de tiendas, tomar algo, o ver a políticos pasear al caer la tarde. Si se prefieren conocer los primeros pasos del Marqués de Bradomín, la recoleta Villanueva de Arosa es sitio inmejorable, delante de la Isla de la que se independizó y que cuenta con paradisíacas playas caribeñas en el sur, así como un faro al viento norte protegido por rocas de granito que parecen colocadas por el cantero divino. 

Villagarcía es, ante todo, puerto. Y el recuerdo de un esplendor industrial que luce en las distinguidas quintas de aroma británico del vecino Carril, por las que los años no pasan en balde, tintando de óxido sus recargados cierres metálicos. Las carreteras que atraviesan esta comarca están colmadas de viñedos en los que de vez en cuando sorprende el laurel de algún furancho en donde poder libar razonables caldos y manducar a buen precio las tapas que tengan preparadas.

La tortilla de patatas se come con cuchara en Betanzos, y tal vez en La Coruña. Un arroz negro es plato adecuado en Vivero y otro caldoso en Ortigueira. Aunque conozcas Santiago, seguro que te falta alguna esquina por explorar, lo mismo que en Mondoñedo, donde Cunqueiro no deja de contemplar sentado la seo arrodillada. 

Si Lugo alberga tanto patrimonio de la humanidad, no puede ser por casualidad. Andar por su intramuros devuelve al medievo y al pasado romano, pero también al pleno acierto de los que consiguieron bruñir esa deslumbrante memoria, convirtiéndola en una urbe señorial, salpimentada de cuidados jardines y una trama de callejuelas laberínticas que le otorga cierto aire mágico, de plató cinematográfico. Su catedral de Santa María merece una detenida visita, o dos, con unas vidrieras que no desmerecen a las soberbias de la pulchra leonina y un museo diocesano sobresaliente.

Galicia, desde luego, nunca defrauda, porque sigue anclada en sus esencias, huyendo de artificios e imposturas. Por eso siempre es gran idea seguir su estela, especialmente en el caso de esas tierras empeñadas en transformarse en lo que jamás fueron, por inexplicables extravagancias dignas de atento estudio.

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