Opinión

Holocaustos

Los reyes Felipe y Letizia visitan el campo de concentración de Auschwitz.
photo_camera Los reyes Felipe y Letizia visitan el campo de concentración de Auschwitz.

El setenta y cinco aniversario de la liberación de Auschwitz, el epicentro del mayor espanto de la humanidad, viene muy bien en estos tiempos en que por Europa vuelven a escucharse ecos que parecen recordar esos espeluznantes momentos.

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José María Javierre contó en su día con pelos y señales el estremecedor martirio que en ese abyecto recinto sufrió Maximiliano Kolbe, ese gigante santificado. Como este coloso franciscano, más de un millón de biografías anónimas resultaron exterminadas por los medios más repugnantes que la mente pueda imaginar, una sofisticación de la maldad que no tiene parangón en la historia de la evolución humana. ¿Dónde estaba Dios?, se preguntó Ratzinger tras visitar sus terroríficas estancias.

Al momento de rememorar esas apocalípticas escenas, que ni el cine ha podido reflejar en su inmenso dolor, hemos sin embargo de aprovechar también para traer a la memoria que existieron otros nauseabundos episodios protagonizados por ideologías radicalmente contrarias al nazismo, pero unidas por el mismo extremismo.

En el bosque de Katyn o en la aldea de Médnoye, por ejemplo, los comunistas masacraron a miles de víctimas, tras hacerlos prisioneros, apalearlos, asesinarlos vilmente y amontonarlos como carne magra en hediondas fosas comunes. Incluso los judíos fueron responsables indirectos de la matanza de los campos de refugiados de Sabrá y Chatila, en que perecieron cientos de familias enteras bajo ese fuego que siempre carga el odio.

La enseñanza que estos sucesos nos debe proporcionar es clara: nunca es camino adecuado el fanatismo, sea del signo que sea. Y otra más: que solamente en los climas templados pueden brotar buenos frutos, y eso es predicable de la política igual que de la agricultura.

La radicalidad ideológica es la que condujo a esas deplorables situaciones, que no debemos jamar olvidar. Y la coyuntura en la que se forjaron todos esos movimientos que luego protagonizaron esas carnicerías fue el mismo: una sociedad arrojada a los brazos del sectarismo, y que no ha sabido escoger el término medio que siempre proporciona avances.

La más preocupante deriva de la Europa actual es precisamente esa. No puede ser que, cuando seguimos contando los muertos de las tragedias que vivimos no hace tantos años, volvamos a la misma situación de partida. Es inconcebible que sigan existiendo, sobre todo jóvenes, que no sean conscientes del descomunal horror que trajeron esos idearios comunistas o fascistas a nuestros países.

        Por todo eso, hacemos muy bien en no olvidar a los campos nazis ni a aquellos otros de los comunistas que han puesto en solfa a nuestra condición humana, porque el pueblo que olvida su historia está condenada a repetirla, como luce precisamente en uno de los muros de esa inconmensurable vergüenza que fue Auschwitz.

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