Opinión

Julio Iglesias

Julio Iglesias.
photo_camera Julio Iglesias.

El Grammy a toda la carrera artística concedido recientemente a Julio Iglesias ha pasado con más pena que gloria. Esto confirma uno de nuestros principales defectos, extendido también a las regiones adonde ha llegado nuestra huella: la envidia. Gonzalo Fernández de la Mora, ese gran intelectual español postergado por su peripecia política, abordó esta auténtica lepra nacional en su insuperable obra La envidia igualitaria, subrayando sus aciagos efectos personales y sus devastadoras consecuencias sociales, incluso como fermento de esas repelentes opciones ideológicas de corte igualitarista que cuando rascan poder comprobamos lo poco iguales que suelen ser.

De la Mora, un autor maldito hoy por haberse limitado a ser un hombre de su tiempo -como le sucediera a otro coloso del pensamiento contemporáneo, Carl Schmitt, eclipsado por esas mismas razones en Alemania-, profundiza con extraordinaria erudición en el sentimiento envidioso, génesis a su juicio del declive de España al frustrar nuestras enormes capacidades individuales y especialmente las acciones colectivas como nación. Frente a la emoción envidiosa, apunta el gran académico y ensayista, procede estimular la emulación creadora, a impulsar desde edad escolar y en familia, para conseguir ciudadanos que constituyan un ejemplo y acicate para los demás.

ulio Iglesias, en cualquier otra nación, habría cosechado a estas alturas innumerables reconocimientos por su trayectoria. Aquí, sin embargo, quizá aguardemos a su retirada voluntaria o forzada de los escenarios para hacerlo, porque ya reconoció Rubalcaba con acierto que los españoles sabemos enterrar muy bien.

Enredados en chismes reales o inventados vinculados a su vida íntima, ni tan siquiera recordamos que no hay vitrinas que puedan albergar ya los incontables éxitos que ha acumulado este formidable intérprete madrileño de ascendencia gallega a lo largo y ancho de este mundo. Ser el compositor que más música ha vendido en cualquier idioma, o estar en posesión de dos records Guiness por sus plusmarcas de discos comercializados en el planeta son apenas algunos de ellos. En la plenitud de sus setenta y cinco tacos, Iglesias continúa dando vueltas a la tierra abarrotando estadios o auditorios con sus melodías tranquilas y elegantes, con orquestas y coros impecables, porque los crooners nunca pasan de moda.

Se suele achacar también a esta legendaria figura de la canción no tributar en España, a pesar de vivir fuera del país. Seguro que los resentidos que así opinan pagarían esos impuestos que le exigen y los que hicieran falta de estar en su pellejo, aunque pudieran acogerse a cualquier opción fiscal favorable. De la inabarcable promoción de nuestra marca que nos hace a diario por los cinco continentes no hablan estos tiquismiquis, quizá porque suponen que todo eso nos sale gratis.

No sé si Julio Iglesias es o no un santo varón, aunque me gustaría pensarlo. Tampoco si está al corriente o no de sus obligaciones con hacienda, aunque espero que sí. Lo que sé es que forma parte desde hace décadas del olimpo de las más grandes estrellas de todos los tiempos y que España está tardando demasiado en ofrecerle el mayor de sus homenajes, porque lo tiene más que merecido por su dilatada y arrolladora ejecutoria.

Javier Junceda

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